La historia sumisa

CARLOS FEUERRIEGEL

Dos formas tiene el caminante de apreciar la senda recorrida. Puede girar sobre sí mismo y afrontar sus pasos idos, deteniendo el caminar y abriéndose a la contemplación, o bien puede mirar de soslayo, de refilón y por encima del hombro. La primera es una manera franca, segura de sí misma y permeable a la comprensión.  La segunda no puede ocultar un cierto temor e inseguridad, teniendo no poco de huida a la vez que de prepotencia nacida de aquella misma debilidad. El que se siente fuertemente asentado en su tierra y en su tiempo no tiene necesidad alguna de aparentarlo con engañosos disfraces. La historia no es más que el conjunto de huellas dejadas por el caminar de los pueblos a lo largo del tiempo. Y la historia que hoy se escribe está escorada con el lastre de esa segunda forma oblicua de encararse con nuestro pasado.

Hace unos días leía un libro sobre la historia de España y me encontraba con afirmaciones livianas y sorprendentes, manifestaciones de este mirar de soslayo y prepotente, acerca del periodo histórico de la llamada “Edad Media” de nuestro pasado. Ya el nombre que se aplica a cerca de diez siglos de la vida de los pueblos europeos deja percibir un sesgo peyorativo, de entreacto, que mejor haríamos en olvidar. Admirable sería el tiempo que le precedió, la Antigüedad, y el que le siguió, el Renacimiento. Uno renace de la muerte o de una postración extrema. Los pueblos volverían a la vida después de una edad oscura, nuestra malhadada “Edad Media”.  Esta mirada contemporánea, sin embargo, falsea el pasado, tanto por denigrar lo que no entiende como por combatir lo que le es radicalmente antagónico.

Mi historiador de ocasión, miembro de la Real Academia de la Historia se preguntaba refiriéndose a los sitiados en los castillos medievales:

“¿De dónde sacarían el agua en tierra tan árida? La respuesta es que el agua en aquel tiempo no era necesaria, ya que se usaba el vino para beber (…) y las abluciones eran cosa de moros” (1)

Felices tiempos aquellos en los que la picaresca hispánica, al parecer, todavía no había inventado el arte de bendecir los vinos. Con un agua inexistente, más escasa que la del Jordán. La realidad, por más que socavemos la idea del señor del castillo beodo de sol a sol, es que los castillos sí disponían de grandes depósitos de agua: los aljibes custodios de las aguas de lluvia. A encontrar en todo castillo que se precie. Sí, también en las casas de labranza de los siervos.  En efecto, antaño también se bebía agua. Ahorremos también a nuestras narices el susto retroactivo de un pueblo cristiano que no se lavaba.

En los mismos castillos y en tiempos del rey Alfonso VII, siglo XII, existía una “sala de tablas” en la que se colocaban grandes cubas o tinajas de madera, “donde se baña la concurrencia, que es recibida hospitalariamente, sin diferencia de sexos, antes de recibir yantar y posada” (2).   Cierto que estos baños no se realizarían con la frecuencia que hasta ahora nos hemos permitido en este presente que se esfuma, pero sí con la suficiente para justificar también la existencia de baños públicos en las villas de nuestro pasado medieval. Y se esfuma, este presente, porque ya se escuchan voces anunciadoras del fin del mundo climático que nos llaman a ir espaciando duchas y abluciones a la par que aprovechamos tan señaladas ocasiones para blanquear la ropa interior con la cual nos meteremos bajo las aguas purificadoras. En el gran reinicio ya no habrá lugar para el desnudo despilfarrador de aguas y calorías.  Las calorías, sólo en caso de aguas tibias. Ahora toca cubrirse.

Tampoco falta en esta historia de la España amorrada al morapio, una referencia al lúbrico “derecho de pernada”. Símbolo sin igual de la humillación de los siervos sometidos al señor feudal y cuya persistencia en el imaginario popular, la imprescindible e irónica historiadora francesa de la “Edad Media”, Regine Pernoud, atribuye a un juego de palabras sin fundamento en la realidad (3).

Cabe preguntarse a qué viene este rechazo a aquel tiempo que nos dejó obras colectivas de una impresionante belleza y que hoy siguen constituyendo una sublime expresión de armonía y la más hermosa llamada a la reflexión alimentada por el corazón de nuestras ciudades españolas. No sólo las catedrales y las plazas céntricas aledañas o abrazadas por éstas, sino los más humildes soportales que flanquean un gran número de las calles principales de las antiguas villas medievales. Exponentes pétreos, ambos, del trabajo y las creencias compartidas en el primer caso y del sacrificio de la propiedad particular al bien común, en el segundo.

Porque en esa denostada “Edad Media” prima el sentido de comunidad junto al cultivo de la personalidad. Dos valores, en absoluto antagónicos y en horas bajas en esta era fomentadora de la disgregación social y de la personalidad difuminada que se ahoga en un mar de afinidades irreales batido por olas de soledad.

Nada sale de la nada. La época que conocemos como el Renacimiento se alza sobre los hombros de los siglos que le precedieron. Una narración de la historia que es rehén del vacío creativo del tiempo presente no nos vale para entender nuestro pasado. Una visión sembrada de miedos que se suceden, sin anularse, tampoco permite la mirada franca necesaria hacia ese camino recorrido por nuestro pueblo. La historia sumisa al poder que hoy dicta sus leyes está necesitada de revisión. Con la cabeza clara y sin los vapores de ese vino que al parecer nos amamantó durante un milenio. 

(1) “Otra historia de España”, Fernando Diaz Plaja, Plaza y Janés S.A., 1973

(2) “El medievo cristiano”, Mario Merlino, Ed. Altalena, 1978

(3) “Para acabar con la Edad Media”, Regine Pernoud, Ed. José J. De Olañeta, 1998

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