¿El éxito de las vacunas?

Los expertos no vieron venir el hundimiento del casino financiero en 2008. Otros expertos, los de la salud, tampoco olfatearon el fracaso de las vacunas contra el Covid. Pero hay excepciones. Están representadas por aquellos expertos que no tienen opción de salir en las televisiones, privadas o públicas, que viene a ser lo mismo.

Antes del coronavirus que nos ocupa ya había estudios sobre el fracaso de determinadas vacunas que no fueron eficaces. Este fracaso fue acreditado durante décadas de su empleo y se llegaron a conclusiones válidas que también nos sirven para las vacunas que ahora nos preocupan.

En 2017, un equipo de la Universidad de Pensilvania, en los EEUU, estableció las condiciones que propiciaban el que una vacuna no tuviera eficacia (1). Debían darse tres circunstancias:

1.- Las vacunas no deben atacar sólo a una pequeña parte del virus o la bacteria. Deben estimular la producción de un número múltiple y variado de anticuerpos.

2.- Las vacunas deben ofrecer inmunidad estéril, es decir, impedir que se infecten los vacunados y puedan transmitir la infección.

3.-Las vacunas no deben emplearse durante una epidemia.

Las terapias génicas empleadas en la Unión Europea contra el coronavirus incumplen las tres condiciones. Un verdadero pleno de negligencia científica.

No hace falta ser un genio de la inmunología para comprender la razón de estas tres condiciones y el fracaso de la campaña de vacunación. Veámoslo , paso a paso:

1.- Tanto las vacunas de Pfizer, Janssen, Moderna o Astra-Zeneca introducen en nuestras células , de diferente modo, las instrucciones para producir una espícula modificada  del SARS-CoV-2. Una vez liberadas estas espículas, se estimula la creación de anticuerpos  que las neutralicen. El problema es que el virus es más que sus espículas. Presenta muchas otras caras. Nosotros sólo hemos retenido en nuestra memoria inmunológica inducida, una de ellas. Le basta al virus un pequeño cambio, peluca, nariz postiza, gafas de espía, botox en los labios, para dar el pego. A esos cambios les llamamos mutaciones. Omicron presenta más de 30, Delta presentaba menos pero ya eran suficientes, todas ellas únicamente en las espículas (al margen de mutaciones en otras partes del virus). ¿La consecuencia? Nuestros anticuerpos inducidos por el pinchazo, los pinchazos, son víctimas del disfraz y no actúan con eficacia. Era más que previsible. Se avisó y es  fácilmente comprobable.  Los ganapanes metidos a expertos no lo sabían.

2.- Las terapias génicas no impiden infectarse. Ni ahora, ni en el inicio de la campaña de inyecciones masivas. No se impide tampoco  la transmisión de la infección y con ello sellan su fracaso. ¿Han olvidado cómo hace un año nos aseguraban inmunidad prácticamente total y duradera? Nunca fue cierto y lo que hoy se ve, también ayer era previsible. Otros lo vieron y lo anunciaron. También fácilmente comprobable.

3.- Las vacunas siempre han sido medidas preventivas que se aplican a personas sanas. En una situación epidémica se supone que abundan las personas enfermas. Vacunar en esta situación supone exponer, en un gran número de personas,  al virus con el sistema inmunológico por nosotros artificialmente estimulado. La historia de la evolución de la vida nos enseña que en esta situación, la respuesta esperable del virus será escapar a nuestras defensas. Nosotros le ponemos en bandeja al virus el que pueda  conocer nuestras defensas  en un gran número de pacientes y a un mismo tiempo. El virus actuará para escapar de ellas. A ese escape del virus, le llamamos variantes.

Con las vacunas, las mutaciones se acumularán precisamente en las espículas.  Siempre se han estado dando, se siguen produciendo, se producirán. También se sabía.

De la situación anterior es absurdo culpar a los no vacunados. No es cierto que los no vacunados produzcan las variantes. El sistema inmune adaptativo de un NO vacunado no ha sido entrenado para reaccionar frente a las espículas del SARS-CoV-2, una de sus caras. Su reacción se producirá frente a la totalidad de las caras del virus, pudiendo salvar el hecho de que el virus haya mutado en sus espículas. Las otras caras también serán reconocidas como intrusas.

Un coronavirus consta en su ARN de unos 30.000 nucleótidos, las letras de su código genético. Por cada 10.000 nucleótidos y replicación del virus, se produce un fallo en el proceso, esto es, una mutación. La consecuencia es que por cada virus que se reproduce en nuestras células salen miles de nuevos virus con unas 3 mutaciones. Las mutaciones se acumulan. Llegado a un cierto nivel se habla de una nueva variante.

Las vacunas no han sido eficaces contra los virus que mutan mucho y rápido. Es el caso de los virus de la gripe, entre los cuales se incluyen algunos coronavirus (más de un 10% de ellos). Esto también se sabía y se sigue sabiendo.

También se sabe que la inmunidad adquirida después de haber pasado la infección, sin vacuna, es mucho más potente y duradera que la escasa y frágil , por corta, inmunidad derivada de la inyección. Esto es  consecuencia de que nuestro cuerpo ha conocido al virus en su totalidad y pese a sus múltiples disfraces. Nuestros cuerpos no son tontos. Mostrémonos a su altura.  

(1)https://royalsocietypublishing.org/doi/pdf/10.1098/rspb.2016.2562

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