Canadá, empieza la represión

El empleo cada vez más marginal del dinero en metálico muestra , hoy en Canadá, el poder que voluntariamente estamos poniendo en las manos de los gobiernos que emprenden la vía de la represión y el castigo a sus ciudadanos críticos.

El lunes, 14 de febrero, el gobierno canadiense del Primer Ministro Trudeau decretó el Estado de Emergencia Nacional, la primera vez que se produce desde la creación de esta figura jurídica. Con ella y los poderes casi absolutos que durante 30 días están a disposición del gobierno liberal, muy liberal, canadiense, se pretende romper la resistencia del movimiento popular, encabezado por los transportistas, contra las discriminaciones de las medidas aparentemente anti-Covid. Movimiento del que hemos informado en esta página.

 ¿Qué supone esto?

La primera medida es muy sencilla. Los bancos canadienses congelan los haberes de todas aquellas personas involucradas directa o indirectamente en el movimiento de resistencia. Indirectamente supone, por ejemplo, haber donado dinero a la caja de resistencia de los transportistas, donde llegaron a acumularse hasta diez millones de dólares en unos pocos días. Un oportuno pirateo de la plataforma que recogía esas donaciones ha aportado al gobierno los datos de unas 93.000 personas donantes. De la noche a la mañana.

La Asociación Canadiense de la Banca ya ha mostrado su satisfacción en poder colaborar con esta medida gubernamental. Ningún movimiento podrá ser realizado en esas cuentas. Ni pagos, ni ingresos. Nada.  Es una forma expeditiva, rápida y silenciosa de alcanzar la exclusión social de toda persona crítica con la política del gobierno canadiense. Y es un aviso.

 El Ministerio de Finanzas del Canadá, bajo la dirección de Chrystia Freeland  (ironía de apellido ¡tierra libre!) se encarga de llevar esta medida a la práctica. La Sra. Freeland pasó por la escuela del Foro Económico Mundial, como  su jefe, Trudeau. Ambos son “Young Global Leaders” y han sido formados en los objetivos irrenunciables del gobierno mundial del gran capital. 

Entre estos objetivos, abiertamente cantados, figura la abolición del dinero en metálico, sucio, lleno de gérmenes y refugio del hampa, por el dinero digital, virginal, aséptico y transparente. Como el de las tarjetas que tanto parecemos amar.  Con este paso  damos  la bienvenida a otra pérdida de soberanía personal y nos ponemos a merced de las arbitrariedades del poder.  Canadá nos enseña cómo cada vez que realizamos el pequeño gesto de renunciar a los pagos en metálico estamos sellando nuestro destino.  Cualquier intento de rebelión peligrosa para el poder económico podrá ser cortada de raíz con la supremacía del dinero digital. ¿Es esto  tan difícil de entender?

En Canadá empiezan a comprenderlo y esta misma semana ya tuvieron que cerrar temporalmente oficinas por la incapacidad de atender las solicitudes de retirada de fondos de los depositantes.  Para ellos, el poder real ya ha enseñado sus dientes.  Incluso desde este  lado del atlántico podemos llegar a verlos.

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