La brújula

Carlos Feuerriegel

El nombre de Werner Heisenberg podrá no ser conocido de una mayoría de lectores pero, sin duda alguna, él ocupa un lugar destacado en la galería de los grandes físicos del pasado siglo. Sus contribuciones al recorrido de los primeros pasos de la física cuántica y las posibilidades de su aplicación práctica no hacen de Heisenberg precisamente un sabio que diera la espalda al desarrollo tecnológico. Y sin embargo, este científico jamás perdió el sentido de la medida y supo ver y alertar de los peligros que encerraba el culto al poder de la técnica.

Heisenberg recurrió para ello a una parábola (1), la de un capitán en alta mar que debía guiarse por su brújula para dar con el norte que le sirviera de orientación. El problema se presentaba cuando el buque moderno, el buque salido de los astilleros tecnológicos, tenía un casco que no era de madera, bosques marineros a la deriva, sino formado por planchas de hierro y acero que impedían que la aguja señalara la posición correcta. Para nuestro capitán, la singladura se convertiría en pura incertidumbre. Con ello Heisenberg quería decirnos que el hombre moderno, esencialmente urbano, al vivir rodeado por sus propias obras, ausente de su entorno aquello por él no creado, acaba también por perder el norte y se encuentra desvalido pese a todos sus avances científicos y técnicos.

Miguel Delibes, nuestro escritor de la meseta castellana,en sus obras nos hizo llegar la misma impresión de desamparo que él percibía acongojaba al hombre de las ciudades y que él sintió como una sensación de aplastamiento al visitar los Estados Unidos de Norteamérica en 1965 y apenas desembarcado en Nueva York. En parcas palabras lo expresó Delibes:

«El viajero advierte que nada resta allí de la obra de Dios” (2)

Heisenberg y Delibes expresan un mismo sentimiento. El hombre que vive rodeado de sus creaciones corre el peligro de un moderno Narciso que ahora se ahogaría contemplando sin tregua el reflejo en las aguas de sus propios artificios. Para escapar de este aplastamiento, de esta sensación de pérdida del norte en la vida, el hombre se rodea de sucedáneos de naturaleza: perros, gatos, pajaros enjaulados y plantas en macetas son paliativos accesibles para hacer frente a nuestra demanda de naturaleza, de vida libre y bella no reglamentada por nuestras normas.

España, al ser un país con una baja densidad de población y una creciente concentración de la misma en las áreas urbanas, ha podido conservar una naturaleza y un medio rural menos urbanizado y colonizado por el asfalto y la metalización. Quizás esta riqueza, su omnipresencia y la difícil convivencia del hombre de la tierra con los elementos de la naturaleza, esté en el origen de que la misma no sea apreciada como debiera por una gran mayoría de los habitantes de este medio. Aquello que el urbanita añora, aquello que le hace salir en desbandada de las ciudades apenas se engarzan varios días festivos seguidos, en el medio rural se contempla como carente de utilidad y provecho. Creyéndonos saciados de naturaleza verdadera sólo parecemos ansiar su reemplazo por los pobres decorados que asimilamos a una prometedora idea de progreso.

Cualquier consigna es válida para hacer el canje y ahora nos llaman a formar para cumplir con el patriótico deber ecológico de luchar contra el cambio climático, en palabras del ministro verde de economía alemán, Herr Habeck. Sí todavía no somos capaces de hacer que las montañas vayan a las ciudades para curar sus añoranzas de naturaleza, ya nos las estamos arreglando para ponerle los pelos de punta a las crestas de toda sierra suficientemente aireada, coronándola de espárragos metálicos que, ¡finalmente!, constituyen una promesa de utilidad y provecho para los moradores de nuestros pueblos. Los paisajes acusados de no darnos de comer, ahora se convierten en un pleno de la quiniela que, principalmente, engrosará arcas municipales y alimentará fugazmente a una clientela agradecida.

Es una cruel ironía que precisamente en España no hallamos aprendido que sólo el trabajo, la creatividad y el cuidado del territorio es fuente de verdadera riqueza, de riqueza sostenible como ahora toca decir. Olvidadiza España que ya conoció las formaciones de galeones cargados con oro y plata de las Indias, tesoros que desembarcados en nuestros puertos no pudieron impedir nuestra caída en un estado de pobreza incluso mayor que el que precedió a aquel descubrimiento. Tantos dineros que no fueron hijos de nuestro trabajo, nos duraron lo que duran verduras de las eras. No otra cosa está ocurriendo con las rentas ya recaudadas y las todavía prometidas de la avalancha de proyectos de energías renovables como los alicatados fotovoltáicos y las coronas de espigas eólicas. Nos invitan a vender el territorio para que soñemos con una corta vida de rentistas.

A costa de rodearnos en el medio rural de aquello de lo que huyen en el medio urbano creemos que alcanzaremos el merecido Eldorado y no nos damos cuenta de que esos dineros no servirán para devolvernos la vitalidad, porque esta tiene que nacer de nosotros mismos y no de proyectos que nos empobrecerán al degradar una riqueza natural que solo echaremos en falta, como la salud, cuando la hayamos perdido.

El futuro de la España que pierde población desde los años sesenta del pasado siglo, no pasa ni por sembrar de espejos los campos de secano, ni por erizar nuestras montañas. Pasa por revertir aquel éxodo, haciendo atractiva la vida en nuestros pueblos para todos aquellos ya hartos de la vida urbana. Ciertamente exige otra política agraria y otras prioridades pero no menos exige que conservemos lo que anhelan aquellas personas que quisieran volver a vivir en el campo y que no es más que el campo mismo. Un entorno que garantiza que la brújula, aquí, seguirá señalando el norte sin desvío alguno.

(1) Werner Heisenberg, “La imagen de la Naturaleza en la física actual”, Ed. Orbis, S.A., 1985

(2) Miguel Delibes, “USA y yo”, Ed. Planeta DeAgostini, S.A., 2002

Compartir en redes

Deja un comentario