Disonancias

La añorada falta de identidad entre la realidad y la verdad, suplantando a una Naturaleza en la que nada sobra y nada falta.

CARLOS FEUERRIEGEL

El suceso se repite una y otra vez. Una manada de gamas pasta a unos trescientos metros de la casa. Todas comen, menos una que vigila. Apenas me ve, emprende la huida y con ella todo el grupo. Los gamos, como los grandes herbívoros en nuestra sierra, carecen de enemigos naturales, pero no cabe duda que la presencia del hombre es sentida por ellos como una posible amenaza y obran en consecuencia, con total independencia de mis intenciones. Su conducta es acertada y en otras circunstancias podría salvarles la vida. Es el resultado de miles de años de convivencia en un mismo espacio y de nuestra historia depredadora sobre especies como esta. El grupo de gamas no finge temor, realmente lo siente. En la Naturaleza todos los seres andan vigilantes para no caer en la emboscada diaria del destino; no precisan del lobo disfrazado de cordero para andar sobre aviso, les basta la presencia del lobo real y verdadero, el lobo de hoy o la memoria del lobo de ayer. El otro, el del disfraz, queda para las fábulas de los humanos.

En la sociedad en la que vivimos la actividad económica principal son los servicios. Lejos queda la comunidad cuya existencia se fundamentaba sobre la actividad agrícola y ganadera, también pierde peso la producción industrial. Tanto aquella como esta actuaban sobre bienes reales, vivos o materia inerte y mantenían viva una armonía que nos ha acompañado desde nuestros primeros pasos como especie sobre la tierra: la identidad entre la realidad y la verdad. Lo real era también verdadero, no ofrecía ocasión para que cobijara a la mentira. Cierto es que en la Naturaleza también se da el juego del engaño: una mantis religiosa podrá aparentar ser una ramita para poder abalanzarse sobre una descuidada presa que se ponga a su alcance, pero esto no habrá roto la identidad entre realidad y verdad, sólo nos habrá puesto ante una realidad aparente cuyo descubrimiento exige experiencia, el conocimiento que la práctica nos da. En las sociedades humanas hablaríamos de cultura, formas diferentes de enfrentarnos a la vida que los pueblos hemos ido desarrollando a la largo del tiempo.

El hombre añora en su interior esta armonía de la Naturaleza, una realidad que no niega la verdad, una realidad en la que nada sobra y nada falta, pero vive inmerso cada vez en mayor medida en un entorno social que deliberadamente cultiva lo contrario. Cuando la realidad es el fruto de una inundación cataclísmica de farsa y engaño, podemos llegar a perder nuestra capacidad para discernir hasta qué punto asistimos a una representación que debemos rechazar.

Quizás hayamos olvidado a aquel Ministro de Exteriores de los Estados Unidos, Colin Powell, que mostró en el Consejo de Seguridad de la ONU un frasquito que se supone contenía gérmenes letales producidos por Irak. El mundo fue testigo de un hecho real pero que era manifestación de una gran mentira. Esa mentira desencadenó una nueva guerra. De nada nos podía valer aguzar la mirada para descubrir el engaño como le podría valer a la presa de una mantis. El engaño estaba en el contexto que producía esa imagen real. Desentrañar ese contexto ya exigía voluntad de saber, esfuerzo mental y el carácter necesario para enfrentarse a una opinión mayoritaria debidamente cultivada y adversa.  Precisamente lo que ha caracterizado a nuestra especie pensante y cuya degradación asombrosa avanza a pasos de gigante.

Estas semanas se ha escrito mucho y hablado más de la reforma de las pensiones. Desde hace décadas se liga su necesidad con la evolución demográfica de Europa, el descenso de la tasa de natalidad de las poblaciones originales de nuestros países. Al margen de ajustes en las cotizaciones, retrasos en edades de jubilación o llamamientos más que interesados a buscarnos seguridades privadas ajenas al sistema público, se insiste en la necesidad de fomentar la inmigración de países ajenos a nuestra cultura europea. Los inmigrantes vendrían a compensar la pérdida de cotizantes autóctonos en los años por venir. Aquí tampoco habría alternativa. Llamativo es que las mismas instituciones que promueven ese discurso, como la ONU, la Comisión Europea o el Foro Económico Mundial, alto representante del capitalismo financiero depredador, son precisamente las que cantan cansinamente las maravillas de la sociedad digital que con su inteligencia artificial y robotización imparable eliminarán gran número de puestos de trabajo, haciendo todavía más difícil la absorción de nuevos inmigrantes, cuyo nivel de formación es sensiblemente inferior al europeo, siendo en mayor medida prescindibles en esa sociedad futura que se propone.

Igualmente choca con ese discurso de fomento de la inmigración y en el que no habría perdedores, ni en las sociedades de origen, ni en las nuestras de destino, el que se oculte que lo determinante para el mantenimiento del sistema de pensiones no es la cantidad trabajadores en activo, sino la riqueza que producen, por trabajador, por hora trabajada. Es la productividad lo que importa y esta es previsible que crezca, como lo demuestran otras sociedades que carecen totalmente de inmigración, véase el Japón, y que no contemplan a la inmigración como una necesidad para su población también decreciente. Cierto que aquí el dilema estriba en quién debe beneficiarse de ese incremento de la productividad, si el capital privado o la comunidad en su conjunto que ha hecho posible ese aumento, dilema que los promotores de la inmigración cuidadosamente ocultan no vayan a verse perjudicados sus intereses.

Por último, las mismas voces que alientan la inmigración masiva con Europa como destino son precisamente las que se cuidan de alimentar las guerras en las zonas de origen de esa inmigración, motor del desplazamiento de las poblaciones. Crean el problema y nos ofrecen sus propias soluciones y tanto en el problema, sus guerras, como en la solución, su bondadosa filantropía y su política de puertas abiertas, nos mienten al por mayor.

El enfrentamiento entre la realidad que se nos presenta en este caso, con su falsa solución, y la verdad que se oculta detrás, queda palmariamente clara si escuchamos a los defensores de esa política cuando hablan entre ellos, sin necesidad de mimetizarse como la mantis. Así Peter Sutherland, padre de la Organización Mundial del Comercio, Ex-Comisario de la UE, miembro del Consejo de Dirección de Goldman Sachs, Alto Representante de la ONU para políticas de inmigración, uno de los santones oficiales de la globalización y la llamada gobernanza mundial, no dudó en afirmar:

“Si entramos en Twitter, yo he aprendido hace poco y todavía apenas sí sé manejarme (risas). Pero los tweets que yo recibo, son realmente horribles. Pero cuanto más horribles son, tanto más me divierten, pues cualquier idiota que los leyera, o cualquier no idiota que venga y me diga que yo estaría decidido a destruir la homogeneidad de los pueblos (con la inmigración), ¡tiene verdaderamente razón! ¡Precisamente eso es lo que yo me propongo! (aplausos y risas) Si pudiera hacerlo mañana mismo, lo haría. El mío incluido “ (1)

Peter Sutherland nació en Irlanda y la manifestación precedente la realizó el 30 de septiembre de 2015 en una reunión del estadounidense Consejo de Relaciones Exteriores (Council of Foreign Relations). La ha repetido en innumerables ocasiones, no tan descaradamente, en apocalípticos informes y papeles de las organizaciones en las que ha ocupado puesto de dirección.

El fomento de la inmigración masiva persigue objetivos reales muy diferentes de la realidad que se nos dibuja. Por un lado, incrementar la oferta de mano de obra, depreciando su valor e incrementando los beneficios del sistema económico que Sutherland representa y por el otro, crear conflictividad interna en los países receptores dificultando la unidad de acción frente al casino financiero que pretende seguir con su explotación y sus apuestas como hasta ahora. No busquen motivos altruistas, ni pretendidos sostenes al llamado Estado de bienestar. La realidad que se nos presenta, esconde un tremendo engaño. No caer en él, entenderlo y combatirlo, exige la misma voluntad de saber, esfuerzo y carácter que en el caso del frasquito con los ficticios venenos.

Asistimos a una gran representación teatral, los actores dan vida a sus personajes, pero el texto del guión se nos oculta. A un grupo de gamas, ni Colin Powell con su frasquito, ni Peter Sutherland con su propósito declarado, podría engañarles. Ellas reconocerían la amenaza, pero nosotros no somos gamos y por ello su respuesta no puede ser la nuestra. No debemos emprender la huida. Debemos rechazar el engaño y estar a la altura de nosotros mismos, haciéndole frente.  La disonancia que emana del discurso del poder económico enferma, denunciarla nos devuelve a una realidad armónica en la que la ésta vuelva a ser manifestación de la verdad. Añoramos esa armonía, esforcémonos por alcanzarla.

(1) https://www.cfr.org/event/global-response-mediterranean-migration-crisis

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