Víctimas

CARLOS FEUERRIEGEL

El poeta se equivocó. Ni gloria, ni Caín ni el vicio son objeto de envidia alguna. Paco Ibáñez, el cantante triste de la década agónica del franquismo puso música a la letra que Antonio Machado nos dejó en sus “Proverbios y Cantares”:

                                                   “La envidia de la virtud

                                                     hizo a Caín criminal

                                                     ¡Gloria a Caín! Hoy el vicio

                                                     es lo que se envidia más.”

La gloria pasó a mejor vida, arrinconada en el desván de los trastos viejos. Si acaso, también encontró cobijo en el reino de los confites. Nada puede empezar con ella una sociedad que reniega de toda herencia y honor, que mendiga nuestra atención efímera a la estupidez intrascendente suya de cada día. Atención caduca y devaluada, la de un instante estelar y fugaz, como las lágrimas del cielo nocturno estival. La sociedad que se precia de nacer por virtud de un contrato estampado en un papel, llamado Constitución, tiene que ser ayuna del parto antiguo doloroso y sólo puede venir al mundo anestesiada, desmemoriada, hija de una cesárea plebeya y sin fin. 

El vicio huyó avergonzado ante tanta exhibición de bien y virtud de conveniencia. Nos negamos a reconocer que dónde brilla el sol también campean las sombras. Cuando somos aleccionados para llamar buen tiempo al sol abrasador, no podemos concebir que ese mismo sol sea el padre de la lluvia, que sus rayos den a las aguas alas, hinchen las nubes y oculten los cielos, regalándonos las gotas de vida. Con su buen hacer, la fuente de toda vida se afirma y niega a un mismo tiempo porque es el mismo sol el que se regala las nubes que lo ocultan.  Demasiado extraño para nosotros, seres virginales esforzados por ocultar todo conflicto verdadero, todo abrazo que puede ser expresión de amor, pero también de lucha.

Nos queda Caín. Este es aun en mayor grado, real y verdaderamente pasado, ido, desaparecido.  Todos queremos ser Abel. Lejos la quijada de nuestras tiernas manos. Necesitamos sentirnos víctimas, de lo que sea, y nutrir la comunidad desolada de los arrinconados de la vida. Añoramos no haberlo sido antes, de boquilla claro y sabedores de la imposibilidad de volver atrás en el tiempo. Nos vemos puros y bondadosos, inocentes, inmaculados, víctimas de un mal al que ya vencimos pero que nos obliga a vigilancia permanente para evitar que pudiera resurgir. Ramón Gómez de la Serna, en su nostálgico recorrido por Madrid y desde la distancia de su morada argentina, afirmaba que:

“Las estatuas de piedra son como una reserva de azúcar cande para los malos momentos”

Ellas nos darían “entereza, fuerza vital y panteónica”. Nos colmarían de inmortalidad, confirmados en lo que somos y seremos. Nostalgias de otros tiempos. Palabras malditas. Ayer levantamos estatuas a los jardineros del saber, diestros con la espada o con la pluma, o con ambas a la vez. Todos ellos empeñados en afanes cainitas, conquistadores de la tierra o el espíritu, avances de la curiosidad humana. Hoy les espera un alba descabezadora, expiadora de la sarta de víctimas dejadas a su paso. Porque no cabe indultar, en buena lógica, a quienes pelearon sus batallas en el campo del espíritu. Quien es justo verdugo de errores arrastrados, ¡cuántas veces no se convertirá en víctima de las falsas creencias de la mayoría! Galileo o Miguel Servet fueron víctimas en su día, pero han sido verdugos del error para la eternidad. Nuevamente sol y sombra, víctimas y verdugos en incómoda compañía.

La ley de oro de la vida niega el “esto o lo otro” y afirma la validez del “esto y lo otro”. En nuestra borrachera virtuosa señalamos con el dedo acusador a los testimonios de pureza de sangre de otros tiempos, pero levantamos tribunales populares para acusar de falta de limpieza de convicciones fraternales e igualitarias a quienes ya no pueden levantar su voz, ni presentar recurso alguno. Necesitamos sentir el pasado como lastre para exhibir con orgullo nuestras espaldas dobladas de tanta carga inmerecida. Incubado al otro lado del Atlántico, ¡cómo no!, echa firmes raíces en Europa la confesión interminable de nuestros pecados históricos y no es cómodo sentirse verdugo por herencia. Un alivio nos ofrece la imaginativa factoría de amenazas, que los someros medios de comunicación nos sirven sin interrupción. Sentirse amenazado es ya caminar por el buen calvario de la condición de víctima anhelada. La amenaza de un virus, de una guerra cuyas causas reales se ocultan, de unas temperaturas estancadas en olas de calor permanentes, o del trastorno mental ya cultivado con esmero en jóvenes prepuberales derivado de la incomodidad de sentirse extraños en sus propios cuerpos. Víctimas, estas últimas, de los errores de la biología que la industria de las pastillas nos promete corregir.

La enmienda a la totalidad de la biología, en España sólo da sus primeros pasos. Queda mucho camino por descender y se vislumbra un futuro campo para una nueva comunidad de víctimas abandonando la condenada cohorte de los verdugos. En los EEUU, donde las políticas oficiales de facilitar el cambio de sexo se vienen aplicando desde hace más de veinte años, resulta sorprendente que el 90 % de los y las adolescentes que se acogen a ellas, pertenezcan a la raza blanca y con un buen nivel de ingresos en sus familias (1). Es decir, forman parte de la comunidad verduga por excelencia para los arquitectos del pensamiento actual. La demanda de cambio de sexo, que alcanza valores epidémicos en algunos Estados de la federación estadounidense, es una vía rápida y segura para cambiar de bando y liberarse del pecado original de sus ancestros. Es una expresión sorprendente más del enfermizo afán por revestirnos de una condición de víctimas, renunciando al necesario esfuerzo por ser creadores en el presente sin rechazar el legado crítico de nuestro pasado.

En la forja de la vida los hay que manejan con triste profesionalidad el fuelle de los temores, esos nos quieren yunques. Podemos cambiar de herramienta, también podemos ser martillos. No hay forja sin ellos.

(1) «Parent Reports Of Adolescents and Young Adults and Perceived to Show Signs of a Rapid Onset of Gender Dysphoria» PloS One 14, no. 3 (August 16, 2018), 6, Table 1,

https://journals.plos.org/plosone/article?id=10.1371/journal.pone.0202330

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