La bajeza de la alcaldía

Carlos Feuerriegel

Conozco a Julio Pitarch, actual propietario del molino de la Balsa Mayor desde hace muchos años. Creo que la primera vez que nos encontramos fue con motivo de haber yo solicitado su ayuda. Ecologistas del Valle y de la vecina Manchuela albacetense habíamos conseguido poner fecha a una reunión con Iberdola, para abordar la falta de agua, el llamado caudal ecológico, aguas abajo de la presa de El Molinar, propiedad de la hidroeléctrica. La reunión tuvo lugar en Casas Ibáñez y con seguridad fue antes del cambio de siglo.

Julio me ayudó a calcular la merma de beneficios que Iberdola sufriría en el caso de dejar de turbinar el agua que pedíamos dejara correr cauce abajo. Aquello aún se contabilizaba en pesetas. La ley obligaba a Iberdrola, pero la ley no se cumplía. Con total impunidad. Mis estudios debieran haber bastado para sacar esos números, pero no creía pisar tierra suficientemente firme y busqué su asesoramiento. Los números fueron correctos. Iberdola cedió en aquella reunión, que los milagros sí que existen, y el cauce natural del Júcar volvió a ver fluir el agua por un lecho hasta entonces miserablemente seco y con sólo pozas aisladas de aguas estancadas, carentes de conexión. Fue una pequeña victoria para uno de los parajes más bellos de esta comarca y pasó prácticamente desapercibida para la población del Valle. No así para el río, y el río era el bien a defender.

Desde entonces hasta el día de hoy hemos coincidido en alguna que otra lid en la defensa de lo que entendemos debe ser una política correcta que cuide el territorio natural de este Valle y una gestión honrada que beneficie a sus habitantes, no sólo en el corto, sino también en el medio y largo plazo.

Los años han ido pasando y desde hace unas semanas nos volvemos a encontrar, al igual que ayer, a las puertas de su casa, junto a la Balsa Mayor. Julio forma parte de los “Amigos de la Balsa Mayor” y defiende el uso, consagrado por la tradición, de la balsa como gran depósito regulador del agua de riego y zona de baño inigualable, sana y dadora de vida para generaciones de pobladores de Ayora. Generaciones, no de irresponsables ni de trabucadores de inexistentes articulados legales, sino de personas fermento de una comunidad en la que el disfrute y la confianza pesaban más que el temor y el recelo.

Todo lo anterior sirva de antesala al estupor, sorpresa e incredulidad que despertaron en mí las insinuaciones del Sr. Alcalde de esta Villa de Ayora en el último pleno del pasado 31 de julio. Según la máxima autoridad política de la población, entre las causas por las cuales la Balsa Mayor presentaría su actual estado de escasez relativa de aguas, frente a años anteriores, estaría la queja del dueño de la casa que hay junto a la balsa por un problema de humedades en la vivienda. Es decir, la queja de Julio Pitarch. Aquellos polvos, la queja, estos lodos, la falta de agua. Y como responsable, una de las personas que critica la situación actual, cuya queja tenía que ser atendida, pese a la actitud compungida de la Alcaldía que estima la Balsa Mayor como lugar entrañable de su pueblo, merecedor de los mayores honores. Por merecer, hasta es digna del nombre de un pasodoble que fue lunar antes de ser rebautizado como pasodoble de “La Balsa Mayor” a demanda de su rendido y devoto Alcalde. Dudo que sea posible un mayor ejemplo de osadía, descaro y de bajeza.

No ha habido tal queja, ni escrita, ni oral. Ni ante el Ayuntamiento, ni ante la Comunidad de Regantes, de la cual el Ayuntamiento es parte principal e insustituible, con el mismo Sr. Alcalde y el Sr. Concejal de Agricultura como miembros de la Junta de Gobierno, o Junta Gestora de esa Comunidad. Presente el Sr. Alcalde la queja, nada más fácil que eso, o muéstrese abierta y públicamente como autoridad desautorizada y ejemplo de vileza y malas artes. Figurar como representante del pueblo de Ayora no constituye una patente de corso para asaltar con falsedades los bajeles de aquellos cuyas convicciones y actividad desinteresada molesta e irrita a ese representante.

Difama que algo quedará, parece ser la divisa grabada por el actual equipo de gobierno municipal en su peculiar escudo de armas. No pocas personas darán siempre crédito a acusaciones falsas si vienen respaldadas por el poder, por más que pequeño, poder municipal. Se equivocan, y es más, conforme crece el poder público que alguien atesora, tanto mayor es su atrevimiento a la hora de ultrajar a la verdad, porque tanto mayores son las herramientas y correveidiles a los cree deber recurrir para afianzar su puesto, y la escalera de ascensos, que son su pan. Pan con pringue claro, que el otro es comida de tontos y estos cultivan la tontería, no necesariamente la mentira.

O bien son diestros en ambos campos, el de la mentira y el de la tontuna. Porque afirmar que las aguas de la Balsa Mayor no están cloradas, como otra gran razón deshabilitadora de la balsa como lugar de baño, es de medalla de oro para el Nobel alternativo. No nos habíamos enterado y ahora caemos en ello. Increíble que las infecciones contraídas en aguas de tan alta peligrosidad no hayan diezmado a nuestra población en el último siglo. ¿Será por eso que las aguas de la balsa no irritan los ojos como las aguas debida y legalmente cloradas? Aguas de una balsa con corriente, de aguas fluyentes, con su entrada y su salida, precisamente abierta durante las horas habituales de baño. Al igual que en las aguas de un río, que habrá que ir pensando en clorar, en la Balsa Mayor nadie se bañará dos veces en la misma balsa. Cambian las aguas y cambia la balsa.

También puede cambiar el Sr. Alcalde y ahora se le pone en bandeja tal posibilidad. Tiene por delante su momento estelar en el que presente las pruebas de sus pérfidas palabras lanzadas en el Pleno Municipal. Rebusque en sus archivos y cuando no encuentre nada, redacte y emita un bando declarando su bajeza para conocimiento general de la población. Para el bando no necesitará de venia municipal. Eso abreviará los trámites.

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