Carlos Feuerriegel
España figura a la cabeza del mundo en el número de donaciones y trasplantes de órganos. La lengua de repuesto, seguramente no aparecerá en la relación de operaciones realizadas. Es un trasplante raro, pero ello no quita para que podamos darle un empujoncito a los números y elevemos su frecuencia. Nos está haciendo mucha falta. La calle lo pide y la necesidad salta a la vista. ¿Cómo entender sino los letreros publicitarios, nombres de proyectos y certámenes que asaltan nuestra atención en lengua, única y exclusiva, que no es la nuestra? En lengua inglesa, por si había alguna duda.
De la misma manera que desmemoriada es aquella persona que sufre el naufragio de la tierra firme de los recuerdos bajo las aguas del olvido o que el desleal es el traidor que da la espalda a la lealtad, bien debiera valer para los deslenguados la pérdida de la lengua y no solo la desvergüenza en el hablar con que hoy se les señala en el diccionario. Esta lengua extraviada fue materna y su pérdida vino precedida, y acompañada a la vez, por su merma, por el tremendo vacío que su desconocimiento está dejando en nuestras conversaciones. Pudiera ser objeto de estudio para los filólogos o para los fisiólogos, no sea que un cambio de la saliva posmoderna esté en el origen de esta desaparición lingual.
Algunos podrán alegar que no estamos ante un quebranto de la lengua que hablamos, sino disfrutando de una apertura de la misma a la nueva lengua universal, en fin, enriqueciendo nuestro castellano y gozando de los dones de la diversidad. Perderíamos en profundidad lo que estamos ganando en extensión. Pero no hay tal ganancia. Balbuceando la lengua del imperio menguante angloamericano damos ejemplo de pobreza de espíritu y maneras de paletismo falsamente políglota.
Algo anda muy mal en nuestra cultura cuando un proyecto apoyado por un sinfín de organizaciones llamadas no gubernamentales, pero que prosperan al amor de la lumbre presupuestaria, recibe el nombre de “Clean Cities”, en lugar de Ciudades Limpias. Pulcritud que se puede tiznar un poco más al desear recuperar el paraíso perdido de calles donde puedan jugar los niños, y a ese edén callejero se le presenta bajo el nombrecito de “Streets for Kids”. O cuando se nos invita a montarnos en la bicicleta y medir la calidad del aire de pueblos y ciudades, bautizando esta tarea como “Cycling with Clean Air”. La mejora del aire de las ciudades está por ver, el abandono, previo maltrato, de la lengua que hablamos queda suficientemente demostrado.
Añadamos al agravio a la lengua, la incoherencia máxima de que haya organizaciones que se dicen ecologistas entre las promotoras de ese proyecto. De la misma manera que debemos luchar por la conservación de la diversidad del mundo natural, paisajes, flora, fauna, debemos preocuparnos por defender la riqueza y diversidad de las culturas. Y en primer lugar de la nuestra, porque difícilmente batallaremos por las ajenas si olvidamos la propia. La lengua es pilar fundamental de nuestra cultura, hablada y escrita. Las raíces de nuestra habla crecen bajo nuestros pies y su savia sostiene nuestra naturaleza social.
Miguel de Unamuno, maestro de las lenguas clásicas, griego y latín, conocedor profundo del francés, inglés, italiano y alemán, además del vascuence de su tierra natal y que se atrevió con el idioma danés con la finalidad de poder leer a Kierkegaard sin necesidad de traducciones, sabía diferenciar claramente entre su lengua materna, el castellano y los otros idiomas: en estos segundos podía, mal, vestir sus pensamientos, pero sólo en su lengua materna podía llegar a desnudarlos. Ofrecerse a los demás en su pura verdad.
De Unamuno es también la afirmación de que:
“La sangre de mi espíritu es mi lengua y mi patria es allí donde resuena soberano su verbo”
El verbo de nuestra lengua, en la cual soñamos, pensamos y sentimos. Quizás el abandono del idioma propio sea un síntoma más de una percibida incapacidad para soñar, pensar y sentir. Denota la debilidad de nuestro espíritu, manifestación de una anemia de nuestra sangre. Una pérdida de vigor intelectual que tratamos de cubrir con una mano de pintura foránea que más delata que resalta.
Todo esto quizás pueda parecernos lejano, ocurrencias del mundo urbano que no trascienden a nuestros pueblos, pero nos equivocamos. Respiramos el mismo aire viciado de fobia a la tierra y canto al desarraigo, desconfianza ante lo propio y patológica fascinación por lo extraño. No otro sentimiento despertó en mí, el anuncio de la próxima apertura de un establecimiento comercial que se anunciaba con la claridad cristalina de un “Coming Soon”. Aquí, en Ayora y hoy ya borrado dado que ese local parece ya estar abierto al público. “Coming Soon”, mensaje insuperable en su elocuencia y en su enrevesada sabiduría.
“Coming soon” es ejemplo de la última de las habilidades que se enseña en las Escuelas de Negocios de reconocido prestigio. Nada como engolosinarnos con el arcano de lo desconocido para que no peguemos ojo hasta poder hacer cola ante las puertas del mundo por descubrir que se nos anuncia. Tanto mayor la vigilia, cuanto menos se entienda la invitación encubierta y la promesa garabateada en lengua críptica. La elección ante la cual el mensaje nos coloca es simple: o velar o engrosar, los más impacientes, la lista de espera para el trasplante de lengua. A ser posible bífida. Ningún esfuerzo será en vano si conseguimos descifrar fielmente la nueva lengua de la decrepitud de los espíritus.