Carlos Feuerriegel
A derecha e izquierda de la marcha unos pocos todavía apreciaban cambios en el paisaje, pero para aquellos que ocupaban los vagones delanteros, un velo negro ya había caído delante de sus ojos. El tren había entrado en un túnel. Distinguir los contrastes entre la vida que se ofrecía allí fuera, a un lado y otro de la vía, quedaba relegado a los viajeros de los vagones de cola. Nuestro tren hace ya tiempo que se internó en el túnel, un tren peculiar compuesto por los Estados gobernados con democracias parlamentarias y desde el final de la segunda Guerra Mundial.
España fue el último Estado en añadirse al convoy. Durante un tiempo efímero, los españoles pudieron llegar a creer en la existencia real de alternativa entre las llamadas derechas e izquierdas, los horizontes contemplados desde los asientos a un lado y otro del pasillo de nuestro vagón de cola. En el resto de países aquel espejismo ya pertenecía al pasado. El túnel unificó toda visión.
Que los sistemas democráticos del llamado Occidente ya hace años que entraron en crisis, puede parecerle un suceso nuevo y sorprendente a muchos españoles, pero es algo que los conductores al mando de nuestro tren multiestatal saben desde hace tiempo. Tan pronto como en 1975, la Comisión Trilateral mandó elaborar un estudio que lleva por título, precisamente, “La Crisis de la Democracia” (1). En él se tomó el pulso al estado de las instituciones democráticas de los EEUU, Europa occidental y Japón. Al frente de la Comisión Trilateral, por entonces, se encontraba un viejo conocido de este blog, Zbigniew Brzezinski (2). La Comisión Trilateral, que nació en 1973, fue concebida como un Grupo Bilderberg ampliado con la presencia del Japón. Ayer como hoy, nadie forma parte de ese foro que no posea un verdadero poder o esté llamado a tenerlo.
Había motivos sobrados para poder hablar de crisis de las democracias. En Japón desde el fin de la segunda Guerra Mundial un mismo partido gobierna de forma ininterrumpida, en los EEUU demócratas y republicanos se suceden en el gobierno sin que ello conlleve cambios perceptibles, ni mucho menos a mejor, en la vida de los norteamericanos, apacentados por un cada vez mayor poder de aquel complejo militar-industrial que en su día denunciara el saliente presidente Eisenhower y al que hoy se ha añadido la hidra financiero-digital. En nuestra Europa, únicamente la presencia de un mayor número de partidos con acceso al poder, recurriendo a coaliciones inverosímiles unido a una pérdida notable de soberanía nacional, nos diferencia de los EEUU.
En el año 1945, las potencias aliadas creyeron haber sepultado a la tercera vía del nacionalsocialismo, movimiento de “derechas” para los sabios de la Trilateral, bajo los escombros de las arrasadas ciudades alemanas. O en palabras de esa Comisión en el citado informe:
“Antes de la segunda Guerra Mundial, movimientos de derecha y de izquierda diseñaron claras alternativas políticas frente a las “decadentes” instituciones de la democracia parlamentaria “burguesa” ”(3)
Después de la guerra, sólo quedaba la oferta de la Unión Soviética y sus satélites comunistas, frente a la realidad del dominio estadounidense y su sistema democrático parlamentario apoyado o impuesto en los Estados vasallos de Europa y del Japón. Durante un cuarto de siglo, de 1945 a 1970, este último sistema político y económico vivió su edad de oro, marcada por la reconstrucción de los países, el crecimiento de la clase media y las cesiones arrancadas a la depredación capitalista por la necesidad de dotar de atractividad y de cohesión a los Estados democráticos. La tentación y el peligro moraban al otro lado del muro y se mostraba, bien presente, en forma de potentes partidos comunistas, principalmente en Francia e Italia.
Iniciada la década de los setenta, la situación comenzó a cambiar. Pese a que con indisimulada satisfacción, la Trilateral se ufanara de que, por aquel entonces:
“hasta los partidos comunistas de Francia e Italia, se han adaptado al juego democrático” (4)
la pérdida de peso social de los partidos políticos era innegable.
La Trilateral reconocía la erosión de “los tres dioses de la Iglesia, la Nación y la clase” (5), sin subrayar el papel que el utilitarismo que la anima, su devoción al dios monetario, había desempeñado en esta erosión. La desaparición de creencias colectivas, al fomentar la desagregación social reforzaba al mismo tiempo la incapacidad de las sociedades para plantear alternativas. Eran los años en los que una dirigente como Margaret Thatcher se permitía la chulería desafiante de afirmar que “no existía tal cosa como la sociedad”. La Comisión Trilateral resumió este estado de ánimo, o de desánimo, concluyendo que:
“la falta de confianza en las instituciones democráticas es sobrepasada claramente por la ausencia de entusiasmo por cualquier tipo de alternativas” (6)
La confianza en la democracia parlamentaria comenzaba a vivir sus horas bajas, pero sin peligro alguno para sus dirigentes, gracias a la pasividad e indiferencia social dominantes. La alarma era contenida.
La desaparición de la Unión Soviética y del bloque comunista en la Europa del este a principios de los años noventa, en cuyo desenlace tuvo no poco que ver Brzezinski en su puesto gubernamental durante la presidencia de Carter en los EEUU, agravó en este país la borrachera de poder, que de puertas para afuera habían tratado de encubrir en las décadas precedentes. Con los resultados nefastos previsibles de toda desmesura.
Los EEUU y sus vasallos propagaron la primacía de la economía sobre la política, entendiendo aquella como el reino del capital financiero improductivo. Lo que se desató en 1971 con el fin de la convertibilidad del dólar en oro, acabó en las sucesivas crisis del capital especulativo, en el año 2000 y en el 2008. A raíz de estos atracos de cuello blanco, nacieron los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) donde cinco Estados reticentes a orbitar alrededor de los EEUU buscaron el fortalecimiento de sus economías y de su soberanía.
No recuerdo ya qué economista describió el cambio operado en la práctica capitalista en nuestras sociedades, desde el capitalismo que producía bienes reales hasta el que cubre una demanda que las mas de las veces responde a necesidades prescindibles, cuando afirmó que en los años veinte del pasado siglo Ford pagaba salarios que permitieran a sus trabajadores poder acceder a uno de sus coches, mientras que hoy Walmart (la gran cadena norteamericana de venta de todo producto imaginable y de bajo precio) ofrece a sus empleados remuneraciones que únicamente les permiten comprar en la misma Walmart. Sin perspectivas de mejora.
El que esto se traduzca en un empobrecimiento de las clases medias a ambos lados del Atlántico, no debiera sorprendernos. Es otra estela de pobreza dejada por las políticas globalizadoras del comercio mundial y las medidas suicidas tomadas por los gobiernos europeos siguiendo los dictados de los EEUU. Las sanciones a Rusia constituyen un buen ejemplo y sirven también para comprender el porqué de la aparición de grietas en la aparente unidad del edificio de la Unión Europea.
Si a todo lo anterior, que pertenece al mundo de lo material, sumamos la conducta criminal y cómplice del mundo occidental con la política de exterminio del pueblo palestino por parte de “la única democracia del Próximo Oriente”, es decir, por parte de Israel, se completa un cuadro que apesta y que clama por una real alternativa a un modelo de democracia que hace aguas en un mar de sangre ajeno y malestar propio.
Lo que en 1975 la Comisión Trilateral consideraba que era una crisis que podía ser superada, cincuenta años después, lejos de haberse solucionado, ha crecido hasta convertirse en un auténtico desafío. ¿Cuál es este desafío y qué medidas está tomando el poder hoy cuestionado frente a ellas?
En el próximo artículo, “Democracia sin disfraz” (y II), trataremos de dar respuesta a estas cuestiones.
(1) ia801308.us.archive.org/23/items/TheCrisisOfDemocracy-TrilateralCommission-1975/crisis_of_democracy_text.pdf
(2) Artículo, “El enigma alemán” en este blog. Fecha 24/12/2024
(3), (4), (5) y (6), en Conclusiones de “The Crisis of Democracy”