Independencia que no es

CARLOS FEUERRIEGEL

Ya olvidé quién era el entrevistado. Se trataba de un dirigente del nacionalismo catalán de hace años y ya esta denominación merece corrección. La que él mismo se apresuró a introducir y enfatizar. Su partido no era “nacionalista”, sino independentista. Algo más que una matización que sigue vigente hasta el día de hoy y que es válida para todas las fuerzas políticas que desean la desmembración del difuminado y convaleciente Estado nacional español.

Nada toman estos partidos independentistas de los movimientos nacionalistas que en el siglo XIX cambiaron la geografía política de Europa, ya sea en Italia, Irlanda, Alemania, los pueblos del Imperio austrohúngaro o aquellos todavía sometidos al poder otomano en los turbulentos Balcanes. Originalmente comparten el hundir sus raíces en la voluntad de impulsar el renacimiento cultural de sus pueblos, principalmente a través de la revalorización de su lengua propia, pero en el camino hasta el presente, estos independentistas se han ido dejando la fuerza motriz de aquellas aspiraciones nacionales.

Nación implica comunidad orgánica, ancestros compartidos, historia vinculada a un territorio y no ajena a un recuerdo mítico de un origen común. Nada de esto es intercambiable, sin ser por ello ni mejor ni peor, sencillamente es propio. Le pertenece a ese pueblo, materia viva y sostén de esa nación. El Estado vendría a ser la estructura de poder político que rige los días de esa nación o de diferentes naciones y en este segundo caso, esa estructura sería vista como paralizante, empobrecedora y opresiva, por parte de los pueblos que no se identificarían con la misma. Y así lo manifiestan independentistas catalanes o vascos. Ellos desean establecer su propio Estado y tener el control de su gestión.

Por un lado, los defensores de la unidad, que enarbolan para ello la Constitución, y por otro los acólitos de la disgregación que debería liberarlos y enriquecerlos. La situación así planteada es clara y al mismo tiempo revela la verdadera farsa de esta pugna triste e irrelevante que apenas si puede esconderse detrás de un mar de banderas enfrentadas pero desprovistas de todo contenido.

Ambos frentes desean continuar dentro de la Unión Europea, cuyos dirigentes vienen demostrando con contumaz perseverancia, que pasan por encima de los intereses de todos los pueblos incluidos en los veintiséis Estados miembros.  Repásese para ello la sumisión incondicional de esta Unión Europea a los intereses económicos de los Estados Unidos de Norteamérica, ya en su suicida política energética, o en el seguidismo caniche a la hora de sumarnos a la guerra de sanciones incontables contra China, Rusia, Irán, Afganistán, Siria, Venezuela, Líbano y no sé cuántos más. La Unión Europea decide la política internacional de los Estados miembros, sin apenas margen de maniobra, siendo la política exterior pilar esencial de la soberanía de un Estado. Para desmemoriados, recuerden el cambio repentino de la política española frente al Sahara y en consonancia con los interese de la Unión Europea, que son los del poder al otro lado del Atlántico.

Independentistas y defensores de la unidad afirman igualmente querer seguir aplastados bajo el paraguas de la OTAN. El brazo armado de nuestros valores compartidos quiere ser movido al alimón por aquellos que son adversarios cuando juegan en casa. Verse envuelto en una guerra ya no es decisión soberana fundada en nuestros intereses. Se nos impone, como se nos impone el gasto presupuestario para un rearme frente a enemigos que no lo son.

En catalán, euskera, castellano o gallego todos se acogen al manto protector de la Organización Mundial de la Salud para que sea ella la que decida la política sanitaria a seguir ante cualquier emergencia que esa organización copada y debidamente encauzada por las apetencias de la industria farmacéutica tenga a bien declarar. Se ha visto con el coronavirus, sus confinamientos contrarios a toda razón y las coacciones emanadas de esa organización y fielmente cumplidas por todos los gobernantes ibéricos, independentistas incluidos, para ponerse en la fila de los inyectados. Ninguno parece tener nada que objetar a la Asamblea de la OMS de finales de mayo, en la cual se dotará a esa organización de todavía un mayor poder para manejar la sanidad en nuestra iberia feliz.

La moneda tampoco es objeto es enfrentamiento. Unidos o separados, el Banco Central Europeo seguirá fijando nuestra política monetaria con independencia de la lengua que hablemos. Todos aplaudirán con cada golpe de fuelle que infla la burbuja de la deuda, ninguno se plantea el poder de la banca para crear el dinero de la nada y mucho menos pretenden poner trabas al acoso al dinero en metálico en curso. Acoso conforme con la finalidad nada encubierta de obtener una vigilancia absoluta sobre todas las personas a través de la moneda digital del Banco Central, a fecha de hoy cociéndose en el horno de los señores de las finanzas. Independentistas o no, se llevarán la mano al pecho para entonar su himno nacional y quizás ya estatal, pero tú sentirás como al echar mano a tu cartera toda señal de autonomía se ha esfumado. Entonces te acordarás de esas pequeñas independencias perdidas en favor de una banca con un poder absoluto sobre ti. Ya te gobiernen desde Madrid, Vitoria o Barcelona. Tu moneda la gobernarán desde Frankfurt.

Es posible que cualquier temor ante una posible desmembración de España se vea aplacado por la seguridad de que nadie cuestiona la necesidad de fortalecer el llamado Estado de bienestar. Nadie defiende el malestar.  Nuestro sillón no se toca. Pero todos sostienen la necesidad, pura aritmética nos dicen, de abrir las fronteras al resto del mundo. En unos casos pesa más el control que la solidaridad inflacionada y en otros la formación de los inmigrantes o su procedencia étnica. El PP y JUNTS pedirán inmigrantes formados, ahora llamados migrantes para confundir a los que vienen con los que van, VOX los querrá hijos de la Madre Patria, PODEMOS y ERC nos darán lecciones de amor sin par, todo vale,  y el PSOE-PSC jurará que la situación está bajo control. Al mismo tiempo unánimemente callarán que no hay Estado de bienestar que resista el abatimiento de las fronteras.  En el horizonte se dibuja un erial democratizador de la pobreza. Sobre esto no se quiere hablar. Los que controlan de qué se puede y debe hablar creen no verse afectados por aquello que se vislumbra. En sus fantasías no hay cabida para la realidad.

Hace ya décadas y bajo gobiernos defensores de la Constitución se inició la travesía para la ruptura emocional de España. Lo importante, ayer como hoy, era conservar el poder. Al precio que fuera. Ayer Aznar, hoy Sánchez. Hace ya años que los jóvenes estudian historias diferentes según el territorio en el que viven. Debilitados los sentimientos que nutren la savia ascendente desde la raíz, ahora toca forzar el crecimiento del tronco hacia un futuro en el que no nos reconoceremos. Cuando nuestro Estado, unido o fragmentado esté formado por un cuerpo vivo que no comparte origen, ni recuerdos, ni tiene una misma forma de enfrentarse a la vida, es cuando comprenderemos que también carecemos de futuro, pero también recordaremos que una nación se hace cada día, en palabras de Ernest Renan y que los días por venir no han de faltar. Todavía los protagonistas de esta falaz polémica por una independencia que no es ni puede ser en los términos que se plantea, carecen del poder para cambiar el curso de la órbita de la tierra.  Vendrán nuevos días y habrá nuevos amaneceres.

De la misma manera que los afanes independentistas no conducirán a independencia real alguna, la España actual tampoco es capaz de ejercer su soberanía, repartida entre múltiples entidades exteriores que no rinden cuentas a nadie. El que una realidad tan pobre como esta sea incapaz de unirnos e ilusionarnos no debería sorprender a nadie. Es una clara señal para volver a hacer nación cada día y con cada uno de nuestros actos, empezando por recuperar esa soberanía perdida. Hay que abandonar pertenencias extrañas y recuperarnos a nosotros mismos.

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