CARLOS FEUERRIEGEL
España, años cuarenta del pasado siglo. Ceferino Quesada se puso por meta en su oficio carteril, el librar a todo destinatario de noticias desagradables. La bondadosa intención exigía abrir y leer toda correspondencia que caía en su área de reparto. El código del buen cartero le vedaba tal intromisión, pero la audacia merecía la pena y el óptimo resultado no se hizo esperar. Retirado del servicio temporalmente por un accidente laboral, le atropelló un tranvía, las solicitudes de todo el vecindario a la Central de Correos para que les devolvieran a su cartero no se hicieron esperar. Se añoraban los tiempos en que carta alguna era portadora de sustos, dolores y amarguras.
Ceferino Quesada nunca pisó las calles del Madrid de carne y hueso. Era un personaje de ficción de uno de los grandes maestros del humor de aquellos tiempos, Evaristo Acebedo (1). En la Comisión Europea de nuestros días, probablemente nunca hayan oído hablar ni del uno ni del otro, pero bien parece que estén aplicando el mismo empeño en esconder toda noticia que consideren contraria, no ya a nuestra felicidad de destinatarios, sino a la de ellos de mandatarios. En aras de su impunidad legislan la censura y establecen qué podemos llegar a saber, el cómo, el cuándo y el dónde. Por supuesto pensando en garantizar nuestro acceso únicamente a una información correcta. La que ellos deciden porque no se nos supone capaces de decidir por nosotros mismos. Nos faltaría madurez y nos sobraría curiosidad. Tantos años de democracia y sociedad de la información para llegar a este magro resultado. Así es comprensible que mientras la Comisión Europea acostumbra a ensalzar con grandilocuentes mensajes su política de transparencia, “nada se hace de espaldas de la ciudadanía”, los hechos escamoteados acaben hablando otro idioma.
Sorpréndanse, si pueden, al saber que el Parlamento Europeo votó el pasado 17 de enero en el sentido de mantener secretos los términos del contrato firmado por la Presidenta de la Comisión con la multinacional Pfizer para inyectarnos unos cuantos cientos de millones de dosis de pócima coronavírica (2). Votaron a favor de mantener el secreto, tanto los llamados socialistas como los que sostienen ser populares. No debió de echarse en falta presión de la propia Comisión, cuya presidenta Ursula, la que jalea el genocidio en Gaza, tiene un no escaso interés personal en el asunto. Al fin y al cabo, es ella la que se niega a dar a conocer tanto el contrato como las conversaciones realizadas a través de su móvil y que condujeron a uno de los mayores desembolsos realizados por el gobierno comunitario hasta la fecha. Probablemente el bueno de Ceferino no hubiera considerado censurable esta información que dudo que haya llegado a los buzones virtuales de ustedes.
Tampoco llega a nuestros buzones la realidad de lo que ocurre sobre el terreno en la guerra que sigue su curso entre la Ucrania armada por nosotros, pero donde los muertos los ponen ellos, y la Rusia supuestamente ya arruinada con nuestras incontables sanciones e incapaz siquiera de abastecer a sus tropas. Tras las numerosas victorias ucranianas, en su ofensiva del otoño del 2022 y en sus sorprendentes logros de la gran contraofensiva de este último verano, evidentemente según la narrativa occidental, lo cierto es que los rusos parecen avanzar lentamente pero con seguridad. Arriesgando al mínimo las bajas entre sus filas, porque aquí, también, los muertos los ponen ellos y nadie les azuza desde lejos para engordar la lista. Ventajas de ser un país soberano. Pero no a los ojos de la Comisión Europea que sigue engañándose y engañándonos, con la profetizada derrota rusa. Al mismo tiempo, no puede explicarnos como una Federación Rusa cuyo Producto Interior Bruto no llega al 3,5% (¡tres y medio por ciento!) del de los países de la OTAN, tomados en su conjunto, puede sostener el suministro de armamento a sus tropas, mientras que nosotros, al alimón, los no arruinados ni sancionados, ya no somos capaces de hacerlo. Y afortunadamente, porque todo envío de armas a la zona sólo hace que prolongar una agonía ucraniana que podría haber visto su final ya en marzo de 2022 si los Estados Unidos y la Gran Bretaña no hubieran impedido el acuerdo ya alcanzado entre ambas partes en Estambul.
Esta de la guerra en el este de Europa es también una noticia incómoda pero aún más lo son sus consecuencias. Que escapan a todo pensamiento lógico. Porque, si Rusia está arruinada, su gobierno carece de apoyo popular y la guerra acabará perdiéndola, ¿a qué viene el temor a su expansión? Un deseo de expansión que sólo existe en las lumbreras otanescas y comunitarias que exigen elevemos hasta el más allá los gastos en armamento, único sector al que se le promete un nuevo El Dorado en el desolado horizonte de la industria europea.
Ceferino nunca se reintegró a su puesto de cartero de reparto. Tanta carta loando su labor escamó a sus superiores. Se inició una investigación, se encontró su delito, se le despidió. Los destinatarios del correo mutilado volvieron a enfrentarse a la realidad. Por más que ocultada ella había seguido su curso, ininterrumpido, inapelable. Como aquella a la que deberemos enfrentarnos nosotros.
Ceferino juraba tener la mejor de las intenciones. La Comisión Europea no jura, creo que alcanza a prometer con reservas y con ayuda de un escabel, pero entra dentro de lo razonable dudar de sus buenas intenciones. El despido se alza como la única salida necesaria a una política de ocultación y engaño que no tiene nada de inocencia, mucho menos de humor, pero sí una carga insufrible de burla y de terror.
(1) Evaristo Acevedo, «El analfabeto sexual» Ed. Planeta, 1972
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