Carlos Feuerriegel
Ayora fue a la escuela. De adultos, claro está. Un alumnado que luce en su uniforme escolar escudo con torre almenada coronado por laurel cristiano, no pudo nacer ayer. La maestra, doña Hunde, se vistió con sus mejores galas forestales porque la ocasión lo merecía. La clase ha obtenido el aprobado general y es el momento de felicitarnos, haciéndolo como adultos que somos y no como párvulos que fuimos.
A la escuela no se acude para aprobar los exámenes. Muy por encima del aprobado raya el cultivo del carácter, el aprendizaje para la vida. El medio fugaz del examen se olvidará, el poso sedimentado de la formación recibida, quedará. Es extraño el aprobado general y en el caso del concedido por doña Hunde, esconde un secreto. Se ha alcanzado sin el esfuerzo de todos y cada uno de los alumnos. Ha habido un soplo. La maestra no puede estar en todo y aunque sus espesuras cobijan mil ojos, el canto de las ramas del pinar, batidas por este poniente sin fin, consiguieron ocultar el chivatazo. El gobierno municipal, que ocupaba la fila delantera de la clase, cogió al vuelo el soplo salido de las filas postreras.
Este gobierno municipal anuncia que rectifica el camino desalmado seguido hasta ahora. Se cayó del caballo gracias al nuevo atropello diseñado por Iberdrola afectando a los montes de La Hunde. Clara muestra de oído fino y afortunado a la hora de intuir que el sentir popular en la villa podía derivar en un oraje adverso para su presente e inmediato futuro de mando en plaza y corte. Hasta ahora, la primera fila de la clase había favorecido alegremente todo proyecto que atentara contra el patrimonio natural siempre y cuando pudiera pensarse que el saqueo pasaba desapercibido, o ni siquiera era conocido por la mayoría de la clase. Ahora ha intuido, acertadamente, que con su habitual proceder podría tener que enfrentarse a una situación, por lo menos, incómoda. Ante esa perspectiva, nada mejor como lucir galas de genuino amor a la tierra y de buen sentido para apreciar la realidad.
¡Ojalá estemos ante un veraz y efectivo cambio de actitud!
Dando crédito a la certeza que proclama que no hay riqueza durable ni deseable en los dineros percibidos por la venta del territorio. Las treinta monedas de plata que siempre dieron testimonio de que la mano del que da, está por encima de la mano del que recibe. Vender nuestra tierra hasta convertirla en un esperpento estéril e irreconocible, nos empobrece, nos roba el anclaje de nuestros recuerdos y los horizontes limpios de nuestras miradas.
En los campos de cultivo hoy cubiertos por los funerarios espejos solares, hasta ayer pastorearon sus rastrojos rebaños de ovejas. El pastor cuidaba de ellas. Iba delante del rebaño, no detrás de él. Buscaba los mejores pastos en terrenos que recorrieron sus padres y los padres de sus padres. Rodeado de los montes y horizontes invariables durante siglos, que fueron su casa, su vida y su sustento. El pastor marcaba el paso y el camino a seguir, nunca a la zaga, siempre atento al bien colectivo de los seres a su cuidado, indiferente a la compañía radiada que anunciaba las cotizaciones de las empresas eléctricas y los resultados de las encuestas electorales. El ejemplo del pastor no debiera ser olvidado por los pupitres delanteros de la clase. La cultura campesina guarda siempre un inagotable tesoro de lecciones.
El gobierno municipal no debe ir a remolque del sentir general, sino constituir la vanguardia del mismo, y si bien es de celebrar que no haga oídos sordos, en mayor medida sería apreciado que asociara el bien de la comunidad con la conservación de su riqueza natural, sin que esto le tuviera que ser recordado permanentemente por los pupitres postreros. En jerga judicial, que actuara de oficio y no esperara a ver si se presentaba alguna denuncia.
La Hunde se verá libre de este nuevo asalto de la desmesura renovable. Campos y montes contemplan con estupor como, hasta ahora, hemos permitido que el engreimiento de intereses ajenos a nuestra comarca nos empobrezcan la vida y nos enajenen el paisaje, que está vivo y es un valor en sí mismo. Nos han hecho creer que la vocación primordial de esos intereses ajenos era la de redimirnos de nosotros mismos, de nuestra situación, callando que la única redención duradera, perdurable, es la que nace de nuestro propio esfuerzo e iniciativa. Con la guía de la fidelidad a la tierra que nos acoge, que nos pertenece y a la que pertenecemos.
La Hunde nos ha dado el aprobado. Aun queda lejos la licenciatura. Este no ha sido el único curso a superar. En el paraje del Collado de San Juan se mueven los trámites para levantar una urbanización que con su lago artificial servirá de abrevadero para los sedientos rayos del sol. Drenará un poco mas la bolsa de agua que da de beber a Ayora. Una muestra de confianza en su infinitud más que notable, por parte de unos promotores que, como las langostas, siempre están de paso.
En los vecinos montes de Teresa de Cofrentes, se anuncian los mayores molinos eólicos de España. De hechura sueca y necesitados del visto bueno de nuestro equipo de gobierno. Porque la línea de evacuación prevista para el proyecto discurre por el término municipal de Ayora. Exactamente igual que en el caso de La Hunde. La urbanización citada, nuestro gobierno municipal, la ve con buenos ojos. En el caso de los megamolinos de Teresa de Cofrentes, creo que con indiferencia, quizás hasta con desconocimiento. Ambos proyectos forman parte de ese falso entramado benefactor que despoja al medio rural amparándose en el perverso discurso moral de salvar al planeta.
El gobierno municipal de Ayora, en su clara y saludable rectificación que le lleva incluso a solicitar que se derogue la declaración de esta comarca como de “prioridad energética”, va a tener ocasión, en proyectos como los indicados, de demostrar que estamos ante una corrección sincera y con obras consecuentes que dan fe de ello. Entonces podremos decir que el aprobado en La Hunde hizo escuela y que estamos ante una lección aprendida y no soplada.