CARLOS FEUERRIEGEL
A raíz de la explosión en el año 2008 de la burbuja de préstamos que había previamente alimentado el diluvio de hipotecas basura, la deuda pública de los Estados alcanzó nuevos máximos. Dado que uno de los índices que el sistema económico vigente emplea para medir su salud es la relación entre esa deuda y el denominado Producto Interior Bruto, con una evolución al alza de la primera y a la baja del segundo, había que dar con alguna trampa para maquillar los números. Y se encontró. La Comisión Europea propuso que en el conjunto de actividades que contribuyen a la riqueza nacional se incluyera el dinero que mueve la prostitución y el tráfico, ilegal, de drogas. Hasta el día de hoy.
Creo que una mayoría de personas desconocen ese truco contable de escaso alcance cuantitativo, pero de no poca bajeza ética e intelectual. Mientras se dice combatir al tráfico de mujeres y a la mafia de las drogas, se considera estos delitos como un aporte a la riqueza nacional. Es un sarpullido más, una anécdota si se quiere, pero sintomático del nivel de la política del tiempo presente. En toda su podredumbre, apenas nos es conocido, pero sí parece que sea intuido. Sólo así puede explicarse ese sentimiento tan extendido de descrédito de los partidos políticos, hermanados en esa despreciativa afirmación de que “todos son iguales”.
Paradójica situación en un sistema, el democrático, que dice educarnos en el cumplimiento de nuestros deberes cívicos desde la escuela pero que acaba favoreciendo que esa deseada participación se limite al ritual del bostezo electoral a ejercitar cada cuatro años. Y con no disimulado cansancio que se traduce en que el inconexo bloque de la abstención, de ser un partido, saliera vencedor en más de una ocasión.
Es conocido el dicho de que la política es un arte. De lo posible añaden otros. Es virtud del verdadero arte, emocionarnos, es decir, ponernos en movimiento, elevarnos, despertando en nuestro interior una fuerza que nos permite sentir que podemos llegar a ser más de lo que somos. El arte es una llamada a trabajar en nuestra propia perfección. La política actual está en las antípodas de esta llamada.
Durero, Miguel Ángel o Leonardo da Vinci dieron sus primeros pasos en talleres de artesanos. Desde hace siglos su arte nos ha emocionado y nos ha mostrado la cara más luminosa del ser humano en nuestra cultura europea. Sus obras llaman a nueva vida al rescoldo que dormita en cada uno de nosotros. Y esto mismo es lo que debieran alcanzar los dirigentes políticos verdaderamente necesarios: políticos que fueran artesanos del ideal en la expresión del gran pensador Ortega y Gasset. El ideal que cobra forma en los talleres de estos políticos necesarios es el rumbo a seguir con la mirada fija en la eterna estrella polar de los navegantes. Orienta a las naves de nuestros pueblos y en la travesía crecemos y nos fortalecemos en el arte de la navegación, que no es otra cosa que una vida con sentido, individual y colectivamente.
El taller de los antiguos artesanos se constituía en torno a una relación de confianza y fidelidad entre los maestros y los aprendices. Los primeros debían mejorar las habilidades de los segundos, debían hacer de estos también verdaderos artesanos al tiempo que estos guardarían lealtad al maestro de un día. Lealtad a la tradición de unas enseñanzas que hicieron posible que alcanzaran la maestría, renovando permanentemente la escuela del taller original. El artesano del ideal no es un técnico, ni mucho menos un gestor que se reduce a administrar. Al trazar el rumbo tiene que crear y dar un sentido colectivo a la vida de un pueblo. De la misma forma que el artesano llena de vida, sentido y forma a la materia, a la piedra, al lienzo.
No busquemos nada de esto en lo que hoy recibe el nombre de política. La confianza brilla, pero por su ausencia. Es por ello que menudean los contratos: de investidura, de gobierno. La misma Constitución es otro contrato. Los contratos son una muestra clara de desconfianza que, incapaces de emocionar, no consiguen movernos ni un palmo de donde estamos. Quieren ofrecer seguridad, pero es la seguridad del burgués que se queda en tierra firme, que no se embarca. El burgués, ante la incertidumbre de toda navegación, siempre opta por la seguridad, no corriendo riesgos. Prolonga la vida, pero rebaja su altura, extiende su duración, pero la vacía de contenido. La vida del burgués está tan vacía de sentido como la de los pueblos incapaces de dar a luz a esos artesanos del ideal. No nos extrañe que, en esta dolorosa carencia, un pueblo de posibles y anhelantes navegantes se convierta en un inmenso sanatorio de enfermos y muertos en vida. Nuevamente es Ortega el que lanzaba ya hace un siglo este angustiado interrogante a la España de entonces:
“¿Va a ser nuestro ideal la organización del planeta como un inmenso hospital y una gigantesca clínica? “ (1)
Precisamente en lo que nos estamos convirtiendo en nuestras abúlicas sociedades del bienestar.
Los años del coronavirus han puesto esta realidad con toda su crudeza ante nuestros ojos. Si una comunidad llena de vitalidad cree imprescindible asegurar y cuidar a su descendencia, la nuestra ha puesto en riesgo precisamente a los más jóvenes, promoviendo las llamadas vacunas también para ellos, y con la falsa promesa de proteger a los más viejos. Pese a que esas vacunas llevaban y llevan efectos indeseables para los primeros y en modo alguno evitaban el contagio hacia los segundos. Pese a que los más jóvenes no necesitaban de vacuna frente a un virus respiratorio que para ellos carecía de toda peligrosidad. Y a pesar de que todo esto se sabía desde un principio. A condición de quererlo saber. Los políticos de los contratos impulsaron esas políticas, y, lo que es más triste, la mayoría las dimos por buenas. Por nuestra seguridad. La seguridad del contrato, la de aquellos que no se embarcan.
¿Cómo vamos a perseguir ideal alguno si ante la menor e irreal amenaza se nos pide que nos quedemos en casa y nos aislemos de nuestros vecinos? La política necesaria no cebará nuestro temor, sino que alimentará nuestra confianza. En nosotros mismos y en nuestro pueblo. Creará las oportunidades para un trabajo que aporte riqueza real frente a las mercedes actuales que fomentan la dependencia clientelar y destruyen la autoestima de los receptores.
El oro de las Indias no hizo a España más rica. Al contrario, nos empobreció, como empobrece todo bienestar que no es hijo del esfuerzo. Pocos ganadores de la lotería transmiten las riquezas a sus hijos, lo cual no impide que los políticos del contrato desconozcan lo que es un día sin su apuesta. Por esto o por lo otro, cansinos, parecen nunca salir del casino.
Se echan en falta a los artesanos del ideal que eleven a sus pueblos, les infundan fuerza y optimismo disipando temores y ansiedades. Porque sentimos esta falta, la política actual ni llena ni es capaz de movilizar. Es una carencia, pero no debe convertirse en una condena.
(1) José Ortega y Gasset, “Notas”, Colección Austral, 7ª edición, 1955, pg 139