CARLOS FEUERRIEGEL
La escena encajaría mejor en una comedia de enredo, enredo geográfico e imperial. En octubre de 1902 dos personajes envarados buscaban sobre la superficie del globo terrestre la localización de El Arish, en la península egipcia del Sinaí. El decorado era el despacho del Ministro de Colonias del Imperio Británico; los personajes, Joseph Chamberlain, el ministro y Theodor Herzl, la cabeza y fundador del naciente sionismo político. Chamberlain no sabía localizar, no ya el insignificante El Arish, sino ni siquiera la imponente península del Sinaí. Herzl le facilitó la tarea. Al fin y al cabo, era el interesado en hacerse con ella. Cierto que el enclave escurridizo no pertenecía ni a uno ni al otro, pero eso no era motivo de preocupación insalvable para ninguno de los dos.
Chamberlain, una vez orientado, le preguntó a Herzl si el posible asentamiento de colonos judíos en ese enclave desértico no sería fuente de fricción con la población egipcia local. Herzl respondió con ingenio y rapidez:
“No, a Egipto no pretendemos ir, ya estuvimos alli” (1)
El ministro imperial no pudo evitar la risa. Comprendió la referencia al éxodo bíblico y mucho más la intención de los sionistas, o al menos de Herzl, de utilizar El Arish como trampolín para poder hacerse con Palestina. Egipto no les interesaba.
Theodor Herzl era uno de los judíos menos judío de entre los notables de su tiempo. Prácticamente no pisaba la sinagoga, no respetaba el shabbat, no circuncidó a su único hijo varón, Hans, y causó la sorpresa del rabino mayor de Viena, Güdemann, cuando este sorprendió a Herzl en su casa vienesa, encendiendo las velas… ¡del árbol de Navidad! Algo de lo más comprensible dado que la visita del rabino se produjo un 24 de diciembre. Pese a estas conductas distantes de la tradición religiosa judía, Herzl no se había olvidado del éxodo de Egipto de sus lejanos antepasados.
Otros tampoco se habían olvidado, pero sacando conclusiones algo diferentes. En 2001, los arqueólogos israelíes Neil Asher e Israel Finkelstein, publicaron su libro “La Biblia excavada” (2) que en sintonía con no pocos trabajos anteriores de otros arqueólogos manifestaban su convicción de la inexistencia de éxodo alguno de Egipto, correrías de cuarenta años por el Sinaí, derribo de muros de Jericó a golpe de sones trompeteriles o incluso de la existencia de un gran templo de Salomón en lo que hoy se conoce como explanada de las mezquitas de Jerusalén. El relato bíblico de todos estos acontecimientos no sería otra cosa que una magistral obra de propaganda política para promover la cohesión étnica de los judíos y la supremacía de la dinastía gobernante en Judá hacia finales del siglo VIII antes de nuestra era. Es aventurado decir si estamos ante la mejor campaña publicitaria de la historia de la humanidad, pero, por sus consecuencias, más de dos mil ochocientos años después, ciertamente ante la de mayor trascendencia.
Nuestros liberales gobernantes del occidente de los valores, fruncen el ceño y hacen mohín de disgusto ante cualquier turbante o invocación a preceptos religiosos venidos de tierras del Islam, al tiempo que nos regalan la mejor de sus caras y entrañable comprensión para las jeremiadas altisonantes de todo dirigente sionista que se precie y que anuncia que, sin nocturnidad y con aplomo, conforme a su sagrada Biblia, el pueblo palestino y todos aquellos que se atrevan a apoyarlo son la encarnación del reino de las tinieblas, personificado en la figura del pérfido Amalek, y que sólo merece ser exterminado de la faz de la tierra. Aquí el fanatismo religioso parece haber perdido todas sus aristas punzantes y es aceptado como si se tratara de un bálsamo benéfico y edificante.
Con la Biblia, el Pentatéuco o la Torah en la mano, caminemos hacia una nueva guerra que devenga en mundial. A la mayor gloria de un sólo Dios muy particular y celoso. Pero no seamos apocalípticos, también hay motivos de celebración. La serie de holocaustos de pueblos por conquistar en la Canaan bíblica, conforme a lo que la arqueología nos dice, jamás tuvieron lugar. Esa sangre no fue derramada y la tierra respira con alivio saneada de ese lastre. Tampoco tuvo lugar la matanza de 75.000 persas en tiempos del rey Jerjes que se relata en el libro de Ester de esa misma Biblia. Todo holocausto proclamado y que en realidad no se dio, debe ser un motivo de alegría para toda persona en la que aún quede un resto de bondad y de fe en el hombre. El revisionismo histórico, también el bíblico, nos ofrece estos grandes servicios.
En Palestina, sin embargo, no hay motivo alguno para celebrar. Ante la contabilidad ficticia de mortandades bíblicas, se alza el canto fúnebre de los muertos reales. 130 niños palestinos mueren cada día bajo las bombas, con fósforo, sin fósforo, que lanzan los aviones israelíes desde sus alturas seguras e inaccesibles. Uno cada doce minutos. Con quiméricos recesos en esta siega al por mayor de la guadaña tecnológica y que amablemente llamamos pausas, en plural por favor, y humanitarias. Faltaría más.
En este abrumador contraste entre la ficción de matanzas que no se dieron y masacres que sí se están dando, todavía nos queda capacidad para sorprendernos ante la cobardía y vileza de nuestros medios de comunicación. Mientras que en el mismo Israel periódicos como Haaretz, el segundo de mayor difusión allí, o The Times of Israel, tratan de hacerse una idea de lo que realmente ocurrió el pasado siete de octubre en las inmediaciones de la franja de Gaza, aquí se sigue insistiendo en cargar los hechos con la mayor truculencia posible. Si para The Times of Israel, en el día trigésimo cuarto de la guerra no hay evidencias de que la resistencia palestina cometiera violaciones de mujeres en aquel día, aquí daremos todas por ocurridas. Si en Haaretz podemos leer que aquel día muchas de las víctimas judías lo fueron por el fuego indiscriminado de las propias fuerzas israelíes, aquí poco se oye acerca de esto.
Holocaustos bíblicos que no fueron y masacre impune en Palestina que sí está llevándose a cabo. El que los primeros puedan seguir siendo fuente que alimenta a esta segunda, debiera ser un motivo profundo de reflexión para todos nosotros. Al fin y al cabo, nos hemos educado en una cultura que dice hundir sus raíces en aquellas lecturas dominicales en nuestras iglesias, preñadas con benditas campañas de conquista a sangre y fuego. Esas extrañas semblanzas de personajes lejanos que acababan con un “Palabra de Dios”, respondido por los fieles con un “Te alabamos Señor”.
De la misma manera que Theodor Herzl no había olvidado el éxodo de Egipto, quizás los relatos de aquellos patriarcas, tribus y profetas bíblicos pesen demasiado en el origen de nuestra inacción ante el drama de la Palestina actual.
(1) Amos Elon, “Morgen in Jerusalem. Theodor Herzl, sein Leben und sein Werk”, Molden Verlag, 1975, pg 37L
(2) Israel Finkelstein and Neil Asher Silberman “The Bible unearthed” The Free Press, 2001