CARLOS FEUERRIEGEL
La imagen que acompaña a estas líneas sí que vale más que mil palabras. Por más que extrañas leyes protectoras que dicen proteger la infancia, obliguen a borrar sus caras, esos niños tienen padres y, al parecer, padres y madres orgullosas de ver pasearse a sus retoños por la arena en donde minutos antes ha tenido lugar la tortura y sacrificio ritual de cuatro toros. Bajo la atenta mirada de esos niños y las explicaciones llenas de enseñanza de sus papás. Pura pedagogía taurina.
Desde 1929 hasta 1982, es decir bajo la dictadura de Primo de Rivera, la segunda República y a lo largo de toda la era franquista, los menores de 14 años tuvieron prohibida su asistencia a las corridas de toros. Durante al menos la mitad de todo ese periodo, España fue un país donde dominaba la población rural. Conejos, gallinas y cerdos, formaban parte del paisaje doméstico. Cada año se realizaba la matanza del cerdo y extrañas eran las fiestas que no iban acompañadas de la muerte de conejos o gallinas. No eran acontecimientos vedados a los ojos infantiles. La muerte estaba íntimamente entrelazada con la vida. Pese a ello, los gobernantes de todo pelaje consideraron que las corridas de toros eran espectáculos crueles a los que no debían asistir los menores. En unos tiempos en los que la dureza de la vida, sin retoques ni filtros, llamaba cotidianamente a las puertas de casa, la autoridad todavía sabía diferenciar entre el sacrificio de un animal que iba a servir de alimento y la fiesta de las corridas de toros.
Hoy la muerte ha sido escondida detrás de espesa cortina. Los sacrificios de animales ya no forman parte de las vivencias infantiles, la realidad que chilla y perece ha sido sustituida por la engañifa de las pantallas, las muertes que se dan son distantes, mudas y, en apariencia, más teatrales que reales. Sin embargo, hoy, y paradójicamente, nuestros gobernantes han decidido que la crueldad y martirio reglado de los toros son divertimentos inofensivos para el público infantil. Tal y como dice el gobierno de progreso en su respuesta del pasado mes de abril del 2023 a preguntas de un senador crítico con esta nueva apreciación oficial:
“desde el punto de vista científico, no está acreditado que se deriven efectos negativos para los menores por su asistencia o participación a (sic) espectáculos taurinos” (1)
Con esa respuesta, el gobierno estatal rompe una lanza y varias banderillas en favor de las Comunidades Autónomas que permiten esa asistencia. Sin tener necesidad alguna de hacerlo, dado que las competencias en esa materia son exclusivas de esas Comunidades y no del Gobierno.
Gog fue un personaje de ficción del escritor italiano Giovanni Papini. Con él, el autor realizó infinidad de entrevistas a personajes del mundo de hace un siglo. Entre ellos a Federico García Lorca. En palabras nacidas de la imaginación de Papini, Lorca explicaba el sentido profundo de las corridas de toros:
“(el toro) representa la energía primitiva y salvaje, y al mismo tiempo la ultrapotencia fecundadora (…). Pero al hombre le corresponde matar en sí mismo la animalidad primigenia, vencer el porcentaje de bruto que hay en él (…). La corrida es la representación pública y solemne de esa victoria de la virtud humana sobre el instinto bestial” (2)
Las palabras son de Papini, pero Lorca, al que Papini conocía bien, sin duda las habría firmado. Como lo harían todos los defensores de la tauromaquia. Y ese sentido defendido es, precisamente, la errónea y criminal pedagogía que hoy se considera recomendable para adultos y niños.
En el hombre está todo el animal, pero no sólo está el animal. En la medida en que pretende matarlo, en que considera esa herencia suya como degradante, se está castrando a sí mismo y está empobreciendo su naturaleza humana. Es la voluntad que actúa sobre uno mismo y no la violencia gratuita desviada sobre seres ajenos, la que da testimonio de nuestro valor humano.
Las corridas de toros bajo el prisma lorquiano o de Papini, entronizan la perversa dualidad entre el hombre y la naturaleza no humana, olvidando el origen único de la vida y la responsabilidad del hombre hacia la vida en la tierra, responsabilidad derivada de nuestra posición privilegiada. Transmiten justo el mensaje contrario a la enseñanza necesaria y en el momento en que más urgente es un cambio de actitud en nuestra relación con la vida que nos rodea y a la cual pertenecemos.
O dicho de otra forma: porque tú eres la fuerza bruta y yo encarno el poder de la razón, mira lo que puedo hacer contigo. Míralo tú, toro, en el ruedo y miradlo vosotros, tesoros de la naturaleza únicamente valiosos en la medida en que sois recursos a nuestro servicio, vosotros, mares, ríos, tierras y cielos. Una letal manifestación de soberbia que, inconscientemente para los más, también tiene su escuela en el magisterio de las corridas de toros.
La moderna estupidez llama mascotas a los animales que nos acompañan en casa. Los diccionarios de hace unos años entendían por mascota a “la persona o cosa que sirve de talismán, que trae buena suerte”. Los animales no aparecían. Dado que cosificar a esos perros y gatos no parecía de recibo, ahora se han añadido los animales. Nosotros tenemos necesidad de ellos, como lo tenemos de las plantas que echan raíces en los pisos tratando de medrar en las macetas. Animales y plantas contribuyen con su presencia a nuestra plena salud mental porque intuimos que nosotros también formamos parte de ese mundo que es solo uno y no divisible en compartimentos aislados.
Me pregunto qué pensará dentro de unos años ese niño, esa niña que feliz da la vuelta al ruedo mostrándonos el rabo o las orejas cortadas al toro sacrificado para divertimento de padres y aficionados varios. Quizás piense que fue una forma extraña de rendir tributo a la bravura de un animal mutilando su cadáver. Quizás dude de que el toro sea un ser vivo aparte, dentro del reino animal, con el que podemos permitirnos licencias enfermizas que nos están vedadas para con esos seres llamados mascotas. Quizás hasta llegue a rechazar esa visión maniquea de la vida que levanta muros infranqueables entre nosotros y la naturaleza a nuestro servicio. Con la pedagogía de las corridas de toros que nos envilece, relegamos a la naturaleza al papel de talismán portador de buena suerte, suerte que no poca falta nos hará de seguir matándola dentro de nosotros mismos.
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- )”El libro negro” Giovani Papini, Editorial Epoca SA, 1ª edición, pág. 171