Por una tierra viva: paremos la desmesura de la industria fotovoltaica

Nuestro Valle lleva camino de convertirse en una densa tela de araña de cables eléctricos que vedará nuestra mirada a los cielos. Al mismo tiempo, no menos de mil ochocientas hectáreas de campos que han sido de cultivo de cereal y que hoy dan cuerpo a paisajes únicos se cubrirán de innumerables y oscuros espejos que dicen traernos el futuro mientras nos roban la memoria del pasado que alimentó a estos pueblos.

Nuestro tiempo está enfermo porque sufre la angustia de no poder fijar su mirada en lugar alguno que ya no esté sujeto al cambio radical, a su transformación hasta hacerlo irreconocible. La tierra que nos rodea es irrenunciable como sostén emocional de nuestras vidas y no admite todo lo que arruine su conservación.

Políticos locales, regionales, nacionales  prometen que el alicatado de nuestras más hermosas cañadas con su  aluvión de placas solares es la garantía de un mañana limpio y autónomo para nuestra provisión de energía. Nos prometen el cielo al tiempo que se comen la tierra.  Cuando todas las montañas estén preñadas de molinos  y todos los campos de secano  asfaltados con cristales acechantes del sol, ¿dónde podremos dirigir nuestros ojos para buscar la belleza sustraída?

No hay límite a la avaricia en un sistema que santifica que el enriquecimiento a corto plazo de unos pocos es la segura antesala del bienestar duradero de los más. No hay tal.  Todo se fía a un futuro  ideal cimentado sobre el empobrecimiento de un presente bien real.

Son la aguja en el pajar estas tierras del interior valenciano, que siguen ofreciéndonos el valioso mosaico de bosques regalos de verdor y campos intercalados de cultivo, hijos unos y otros de una convivencia sabia y dura, sencilla pero digna,  de aquellos que nos precedieron. Pecan de ignorancia y presunción los que sostienen que esos campos ya no son rentables, que no producen eficientemente, dando por sentado que las condiciones que hoy se dan prevalecerán en el tiempo. No tiene que ser así y lo más sabio es negar que vaya a ser así.

Los suelos de cultivo constituyen un patrimonio irrenunciable, una reserva a conservar. No sólo para nosotros, los habitantes de estas tierras. Esta comarca es uno de los rincones más ricos de Europa por la presencia en sus cielos de las grandes águilas, ahora amenazadas por tendidos que son una trampa mortal para su futuro.  Olvidamos además que no podemos producir nuevos suelos y sí disponemos de miles y miles de hectáreas degradadas en los territorios densamente poblados y urbanizados de las comarcas costeras que ofrecen un lugar adecuado para el emplazamiento de estas industrias solares y no a ras de tierra, sino en los mares de tejados de tanto polígono industrial que serían  los receptores naturales de la marea de energía producida.

215 molinos eólicos, una central nuclear con una potencia de 1.100 MW y ahora la pretensión de querer regalarnos con mil ochocientas hectáreas de suelos de cultivo recubiertos de placas solares son algo más que una gota colmadora del vaso de este Valle. Por ello pedimos tu apoyo para conseguir la revocación de la Declaración de Prioridad Energética de la comarca que abre las puertas a la ocupación ilimitada del Suelo No Urbanizable común (suelo agrícola). Es demasiado fácil perder aquello que se tiene y ha definido nuestra personalidad, y sólo una vez perdido se echará verdaderamente en falta. Nuestros bosques intercalados de campos de cultivo son la expresión de la salud de esta tierra a la que no debiéramos renunciar. Todavía estamos a tiempo para no tener que lamentar su pérdida.

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