CARLOS FEUERRIEGEL
Valencia del Cid. Año 1094. Rodrigo Diaz de Vivar, el Cid Campeador, entra vencedor en la ciudad de Valencia, hasta entonces bajo el poder musulmán. A la entrega de la plaza sitiada le había precedido una tregua de quince días durante los cuales el sitiador, el Cid, había permitido a los sitiados el envío de dos misiones en solicitud de ayuda para poder levantar el cerco al que estaban sometidos. Una misión se encaminaría hacia el rey de Zaragoza, al Mustain, la otra hacia Murcia, en poder del gobernador almorávide Ibn Aisa. El sitiador cristiano ofrecía a los cercados musulmanes la oportunidad de fortalecerse y romper el cerco.
Sin duda ustedes se sorprenderán de leer esto. Hace casi mil años y en la que tenemos por tenebrosa, brutal y oscura “Edad Media”, estos rasgos de caballerosidad entre sitiados y sitiadores, también formaba parte de la costumbre. Incluso entre enemigos en la fe, en un tiempo en que las creencias religiosas eran la columna vertebral de los pueblos. No estamos ante un hecho extraordinario, una excepción. Sitiados y sitiadores se reconocían como enemigos, pero también como seres merecedores de respeto y reconocimiento por el valor demostrado en la batalla.
Menéndez Pidal en su Primera Crónica General nos cuenta las órdenes dadas por el Campeador a sus huestes vencedoras, ya dentro de la ciudad de Valencia, y en lo que atañía al trato de los moros vencidos:
“El Cid, nuestro señor, nos manda que os honremos como si se tratara de su persona o la de su hijo”
Gaza. Palestina. Año 2023. La aviación y la artillería del Estado judío arrasa noche y día el campo de concentración en el que se hacinan más de dos millones de palestinos, que llevan décadas sometidas al fuego lento de la muerte visitadora en forma de inanición y humillación permanente, coronada por ya varias semanas de falta de agua, comida, combustible y lo más mínimo para siquiera poder sobrevivir. El sitiador, la muy alabada única democracia del Oriente Medio, nuestra aliada y amiga, por boca de su Ministro de Defensa Yoav Gallant, y no sólo de él, los considera “animales humanos”. Unos animales que tampoco pueden acogerse a ley alguna de protección animal. Aquí, como en la Valencia del siglo XI, tampoco coinciden la fe de sitiadores y sitiados. Los primeros son judíos alistados en las huestes del proyecto colonial sionista, los segundos son musulmanes, cristianos y también personas que probablemente no se consideren creyentes, pero que sí acudieron a Gaza para ayudar a los sitiados cuando esto todavía era posible.
El objetivo del Estado sionista es claro. Con desprecio hacia el número de palestinos masacrados, forzar su expulsión hacia el desierto del Sinaí. Acabar en Gaza aquello que quedó incompleto en la que ellos llaman su Guerra de Independencia de 1948. La Cisjordania que sufre la doble opresión del ejército ocupante y de unos 750.000 colonos borrachos de alabanzas al celoso Dios vengador de su Biblia, queda para una segunda parte de esta tragedia que nos llega en vivo y en directo, pero llena de olvidos y reflejando sólo una mínima parte del horror real. La única democracia de Oriente Medio tiene derecho a defenderse. El ocupado y desposeído no. Así de claro.
En la Palestina histórica, entre el Mediterráneo y el río Jordán, la población palestina se acerca al punto de superar a la de los judíos. El Estado de Israel no ha conseguido animar a la mayoría del pueblo judío a practicar la “aliyá”, su emigración a la tierra prometida. El proyecto se observa, y se financia, pero desde la barrera. El “exilio” en tierra extraña, la etapa del gueto material o invisible que el Estado judío estaba llamado a superar en la imaginación de Theodor Herzl, ha fracasado.
No hay lugar en el mundo más inseguro para un ciudadano judío que el Estado de Israel. Rodeado de un muro de hormigón, el Estado sionista vuelve a recrear un gueto superlativo en el que la propia población judía se encontraba al borde del enfrentamiento civil al mostrar en las calles, durante meses, su rechazo al primer responsable del genocidio en curso, Benjamin Netanjahu. Ciertamente, no por el trato infligido a la población palestina, sino por su voluntad de acabar con esa sagrada separación de poderes, orgullo de las democracias, pero que de consumarse no mermaría en nada el brillo liberal, tolerante y progresista de esa excepción democrática, adelantada nuestra en tierras bárbaras. Quienes somos incapaces de tomar medida real y efectiva alguna para parar la matanza, tampoco mostraremos un celo excesivo ante tamaña fruslería jurídica.
Nuestros ilustrados gobernantes, hijos de la razón y los derechos del hombre, se soliviantan por la voluntad de resistencia y la dignidad heroica del pueblo palestino. Abominan de las creencias religiosas como uno de los sostenes de la firmeza de este pueblo, pero vuelven a mirar para otra parte cuando el jefe del gobierno de la entidad sionista, el ya más demacrado Netanjahu, anuncia en su alocución televisada del 24 de octubre:
“que esta es la lucha de la luz contra las tinieblas………dar cumplimento a las profecías de Isaías”
¿A cuál de todas ellas se refiere este secular gobernante, representante de un Estado que dice combatir teocracias y regímenes fanáticos, impermeables a la luz del conocimiento? Quizás a esa “Gloria de la nueva Jerusalén” del profeta Isaías:
“Levántate y resplandece, que ya se alza tu luz y la gloria de Yavé alborea para ti, mientras está cubierta la tierra y los pueblos yacen en tinieblas. (…) Cuando esto veas resplandecerás, y palpitará tu corazón y se ensanchará. Vendrán a ti los tesoros del mar, llegarán a ti las riquezas de los pueblos. (…) Extranjeros reedificarán tus muros y sus reyes estarán a tu servicio, pues si en mi ira te herí, en mi clemencia he tenido piedad de ti (…) Mamarás la leche de las gentes, los pechos de los reyes, y sabrás que yo, Yavé, soy tu salvador, tu redentor, el Fuerte de Jacob”
Isaías se olvidó de postrar también a los bufones. Biden, Ursula von der Leyen, Macron, Scholz, Baerbock, Meloni, se han tomado muy a pecho enmendar este olvido profético. Para enseñanza del resto de pueblos del mundo que todavía alberguen alguna consideración hacia los valores que dice representar este Occidente indigno. Ni una palabra en boca de estos cortesanos de la modernidad en recuerdo del sitiado y la justicia de su lucha. Hace diez siglos, cristianos y musulmanes obraron de otro modo en la cercana Valencia. El sitio de los bufones también era otro.
Hoy, como hace mil años, el asediado, el ocupado, tiene el derecho de defenderse. Parecemos haber olvidado aquello que siempre se supo y respetó. El pueblo palestino ocupado y sometido al terror durante décadas actúa justamente cuando planta cara al ocupante. Está en su derecho. La resistencia es su única esperanza y su única posibilidad de victoria. Se arrastran por el fango de la historia los pueblos que olvidan esta pura y simple verdad.