Tu caballito de mar. Por Carlos Feuerriegel

Santiago Ramón y Cajal recibió el premio Nobel en 1906. El estudio de las neuronas cerebrales fue su principal campo de trabajo. Cajal afirmó que esas neuronas no se regeneraban condenándonos con la edad avanzada a una mayor o menor decadencia mental. En realidad, él mismo era el mejor ejemplo de que esta regla no necesariamente debía cumplirse, pues ya anciano, y “arterioesclerótico” en sus propias palabras, dio testimonio de una mente lúcida y ágil publicando “El mundo visto a los ochenta años”. Lo que nuestro científico no vio a través del microscopio, tampoco  llegó a verlo en él mismo. Triste paradoja de aquel que nos llamaba a no preocuparnos por las arrugas de la cara pero sí “por las metafóricas arrugas del cerebro”.

Durante casi todo el pasado siglo XX, la tesis de Cajal fue la ciencia oficial. Hoy ha sido afortunadamente rebatida. La ciencia durante décadas siguió un camino equivocado, como tantas veces, porque no hay ciencia sin tesis alternativas, ni hay verdades hoy que mañana no puedan estar superadas. Las neuronas, células nerviosas, de nuestros hipocampos cerebrales, sí se regeneran y lo pueden hacer hasta el mismo día de nuestra muerte, por más años que vayamos a vivir. Sin duda que Cajal intuía esta realidad cuando escribió que “se es verdaderamente anciano, psicológica y físicamente, cuando se pierde la curiosidad intelectual” (1). Dicho de otro modo, la curiosidad intelectual nos mantiene jóvenes. Es una gran noticia que sirve para subrayar el drama actual.

Es nuestro drama, que vivimos en una sociedad de ancianos. No por la evolución de la pirámide poblacional, largamente invertida, sino por la degeneración medible, contrastada y real de nuestros cerebros.

Aquello que puede crecer, también es susceptible de mermar. Así, si de media y en personas con un estado de salud normal, el volumen de nuestros hipocampos se reduce alrededor de un 0,8% cada año (2), un estudio de 2019 en Gran Bretaña y que recogió datos de cerca de 20.000 personas sanas, llegó a la conclusión de que la reducción anual se encontraba ya en el entorno del 1,4% anual (3). Esto equivaldría a decir que la degeneración de nuestros cerebros, totalmente evitable y reversible, se ha convertido en la normalidad. Un presente de debilidad cerebral y un futuro de enfermedad mental como estado normal de la población. La sociedad de ancianos a la que antes me refería.

El hipocampo es la sala de mandos de nuestro cerebro y el taller donde se forma nuestra conciencia y la capacidad para el pensamiento reflexivo y no superficial y estereotipado. El afán por saber, la curiosidad intelectual y las vivencias emocionales lo alimentan y lo hacen crecer. Nuestro modo de vida actual lo está enfermando.

Todo aquello que permitió durante millones de años el crecimiento evolutivo de nuestro cerebro, hoy se echa en falta:  suficiente actividad física, alimentación sana, necesarias horas de sueño, fortalecimiento de la empatía social y una ausencia generalizada de la búsqueda del sentido de la vida.

Las mismas causas que dan origen a las llamadas enfermedades de la civilización, hacen mermar a nuestros cerebros. Con consecuencias sociales nefastas y evidentes, pues sólo un yo débil y una conciencia difusa, sin autoestima, necesita sentirse arropada por un grupo fuerte, haciendo cada vez más difícil el necesario desafío a las normas de ese grupo. Pues son esas normas precisamente, las que promueven una forma de vida que es hostil a nosotros mismos.

Durante la pandemia, oficialmente seguimos en ella, los gobiernos decretaron medidas que daban una nueva vuelta de tuerca a todos los factores perjudiciales para nuestra salud cerebral. Así, decretaron reclusiones en casa y trabajo a distancia con su secuela de mayor sedentarismo y peor alimentación, fomentaron el miedo irracional y con él, el distanciamiento social y la cronificación del estrés, cuando era poder tocarnos lo que demandan nuestros cerebros y nuestra salud. Ahora, de nuevo vuelven a insinuar la necesidad de echar mano de la mascarilla encubridora de sonrisas  y compostadora de gérmenes. No me cabe duda, o hay mucha maldad con poder o ya muy poco cerebro en las alturas.

Hölderlin, el poeta alemán, bardo de la naturaleza y cantor de la Grecia clásica, escribió:

“¡Oh, si! El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona” (4)

Las pantallas, grandes y pequeñas, ya  mermaron nuestra capacidad de soñar y  ni siquiera nos quedará recurrir a la mendicidad. La reflexión requiere de un cerebro lleno de vitalidad que estamos condenando. Quizás sea esto lo deseado por un Estado falsamente providente que vendrá en nuestra ayuda, a cambio de la  total dependencia, con eso que llaman prestación  mínima vital. El nuevo opio , no del pueblo, sino para el pueblo. Marx ni siquiera se atrevió a ir tan lejos al descalificar a la religión y la mayoría ni siquiera percibirá la diferencia entre “del pueblo” y “para el pueblo”. Demasiada sutileza para nuestros maltratados caballitos de mar.

                                                                                          

(1)”El mundo visto a los ochenta años” S. Ramón y Cajal, editorial Espasa-Calpe, 8ª edición, 1970, pg 20

(2)”Das erschöpfte Gehirn” Dr. Med. Michael Nehls, Wilhelm Hayne Verlag, München, 2 Auflage, 2022, pg 80

(3)www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC6603440

(49”Hiperion” Friedrich Hölderlin, Editorial Ojeda, pg 26

Compartir en redes

Deja un comentario