La mal llamada “gripe española” diezmó la población mundial durante los años 1917 y 1918 del pasado siglo. Alrededor de cuarenta y cinco millones personas murieron sobre una población total de 1825 millones de habitantes. Una mortalidad del 2,4%. De entre aquellas personas que se infectaron, entre un 10 y un 20 % murieron. Fue una pandemia de las de verdad.
Todos los países se vieron afectados en Europa. ¿Todos?. No. Un pequeño país también la sufrió pero sin incremento de la mortalidad alguno. Es más, la mortalidad general por todas las causas descendió en el peor año, desde octubre de 1917 a octubre de 1918, en un 17% (1). Y todo ello pese al bloqueo criminal al que Inglaterra sometía al continente y que causó millones una terrible mortandad en la vecina Alemania.
Ese país era Dinamarca y la persona que lo hizo posible se llamaba Mikkel Hindhede. Hindhede fue un médico muy criticado durante años por no pocos de sus colegas dado que afirmaba que las recomendaciones oficiales de las autoridades sanitarias sobre el consumo mínimo de proteínas y de la ingesta calórica estaban sobrevaloradas. También rechazaba que al menos una tercera parte de esas proteínas debieran ser de origen animal. Al frente del Hospital de Skandeborg la gestión de Hindhede resaltó por la baja prescripción de medicamentos a los pacientes, con una rebaja de la factura global por este concepto de hasta el 75% frente a otros hospitales daneses.
Hindhede no llegó a la medicina por influencia de su padre, más bien al contrario. De su padre recibió como norma de conducta unas reglas muy escuetas: “no fumar, no beber y no salir fiador de nadie”. Hombre práctico, Hindhede puso a prueba sus teorías en él mismo y en colaboradores suyos. Con éxito sorprendente por inesperado.
Si las cifras oficiales de aquel tiempo fijaban en 118 gramos el consumo recomendado diario de proteínas, Hindhede experimentó durante meses con una ingesta de sólo 25 gramos y sin consumo alguno de carne. Ninguna carencia, ni pérdida de vitalidad pudo ser observada. Sus experimentaciones también se realizaron con animales. Así propuso la sustitución de las costosas tortas de oleaginosas que se daban a las vacas, y que debían ser importadas, por las remolachas que se cultivaban en el propio país. El éxito también coronó este ensayo que le granjearía el apoyo de ganaderos y agricultores daneses. En la guerra esto sería de inmenso valor.
Cuando estalla la guerra, Hindhede ya estaba al frente del Instituto de Nutrición de Copenhague y su crédito de Hindhede alcanzó para que el gobierno danés le nombrara Responsable de la Comisión de Racionamiento. Toda la población danesa, unos tres millones de personas, debería ahora seguir las normas nutricionales que él defendía. Dinamarca era un país principalmente agrícola y sus mayores productos de exportación eran el tocino de cerdo y la mantequilla. Para obtenerlos se debía importar maíz, centeno y tortas de oleaginosas. Estos productos ya no estaban disponibles como antes de la guerra. Para Hindhede la alternativa era clara: o cerdos o personas. Uno de los dos debería pasar hambre.
La solución adoptada por los daneses fue chocante: vendieron el 80% de su cabaña porcina a los hambrientos alemanes y redujeron el número de vacas en un 30%. Nadie podía entender cómo podrían sobrevivir los daneses sin la ingesta de las proteínas procedentes de estos animales. La producción de cerveza se redujo a la mitad, liberando grandes cantidades de cebada y la de licores se prohibió, también para ahorrar patatas y grano para el consumo humano.
La dieta de los daneses pasó a girar en torno al consumo de delgadas tortas de pan integral, similar a nuestra torta de gazpachos, verdura y fruta fresca. El consumo de mantequilla se redujo a la mitad, en un país donde la mantequilla se usa para guisar de forma generalizada y la ración de carne quedó fijada en 40 gramos al día. No se dio mercado negro en ese país durante la guerra. El salvado que antes se daba a los cerdos, pasó a ser consumido por las personas. Evidentemente, Hindhede no quiso someter a la población danesa a una dieta tan estricta como la que había empleado en sus experimentos anteriores, pero aun así demostró que eran injustificadas las cifras tan elevadas de consumo proteico que hasta entonces se daban por válidas.
La dieta que Hindhede impuso en Dinamarca hizo posible un fortalecimiento del sistema inmunitario de la población al establecer una rica flora intestinal derivada del elevado consumo de fibra vegetal y alimentos frescos provistos de todos sus aportes esenciales. Ello les permitió no sólo hacer frente al hambre que asolaba a Alemania y otros países, sino rechazar al virus mortal de la “gripe española”. Su lección sigue siendo válida hoy en nuestras aterrorizadas poblaciones europeas ante un virus de apenas letalidad comparada con aquel.
En febrero de 1938 la revista médica inglesa “The Lancet” validó el que la mortalidad en Dinamarca durante los años 1916 y 1917, antes de la “gripe española”, cayó en un 34%. El único cambio habido había sido la nueva dieta de guerra que Hindhede impuso.
El parlamento danés recompensaría la labor de su compatriota concediéndole una renta vitalicia por sus servicios al país. Sus enseñanzas, empero, parecen haber caído en el olvido. No comulgan ni con la corriente de la farmaindustria, que nos quiere pacientes de enfermedades crónicas, ni con la de la industria de la alimentación procesada que nos ofrece su comida sin valor nutricional. Sus enseñanzas son un mal ejemplo. El mundo al revés. Aquel en el que vivimos.
(1)https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=mdp.39015082605687&view=1up&seq=401&skin=2021