Alergias

CARLOS FEUERRIEGEL

Todo vale en el discurso evangélico del cambio climático. Este último, lo mismo está detrás de que no llueva en nuestro Valle, mientras sí llueve en la vecina Manchuela, que convierte tus narices en fosas goteantes. A modo de grifo, gentileza de una alergia: al polen, al polvo, a los ácaros. Con palabras propias de experto alergólogo, esto es lo que afirmó el pasado día 29 de abril el doctor Darío Antolín Amérigo, del Hospital Ramón y Cajal de Madrid, en un programa madrugador de Radio Nacional, llamado “El Gallo que no cesa”.

La entrevista al alergólogo se presentaba bajo el rotundo “De cómo el cambio climático incrementa las alergias”. La ciencia del consenso no duda, sólo conoce certezas. El guion, por tanto, quedaba ya bien marcado antes de que el doctor abriera la boca. Y todo discurrió como se esperaba. Ortodoxia en estado puro. El cambio climático, no sólo incrementaría los casos de alergia, principalmente al polen según el buen doctor, sino que junto a la contaminación sería el responsable de la muerte cada año de entre 10.000 y 30.000 personas. Datos del año 2019. En números redondos, sin mucha precisión y metiendo en el mismo cajón al cambio climático y a la contaminación. Esto se llama afinar. ¿Se trata de la contaminación del aire, de las aguas, de los suelos? Quedan sin mencionar en la entrevista las alergias a diferentes alimentos, que ya se nos anuncian por todas partes y cuya causa sea difícil atribuir también al cambio climático. Aquí se permite la manga ancha interpretativa.

El doctor se preocupa por el incremento notable de las alergias en España, tendencia observable en toda Europa durante las últimas décadas y ve en el cambio climático y en la contaminación la causa de lo que califica de “emergencia en salud”. En ningún momento de la entrevista deja siquiera entrever que esta tendencia al alza quizá pudiera estar relacionada con la creciente concentración de la población en las ciudades, un modo de vida sedentario y realizando trabajos que, en gran medida, tienen lugar en espacios cerrados. Al contrario, el peligro también acecha en campo abierto. ¡Cuidado con el aire todavía libre! El doctor Darío Antolín nos advierte, en respuesta a una ingenua pregunta del entrevistador que se interesa por la incidencia de alergias en el medio rural:

“En (zonas rurales) también hay agricultura, hay industria y todo eso son factores que aumentan la contaminación ambiental”

Esta afirmación se sustentaría en un estudio danés aparecido en la revista Science. El doctor la extrapola a la realidad española con un no pequeño esfuerzo de imaginación.

La agricultura aparece nuevamente en el punto de mira. Pese a que la incidencia de alergias en entornos agrarios sea muy inferior a la que se da en nuestro generalizado entorno urbano. Pese a que no todas las prácticas agrícolas sean equiparables. No es lo mismo combatir una plaga con métodos biológicos, rotación de cultivos, proporcionando al cultivo un suelo con alta fertilidad, que recurriendo a un plaguicida sistémico, que absorbido por el tejido vegetal llega a estar presente, por ejemplo, en el néctar secretado por las flores de esa planta, o en el mismo polen. El polen que podría dar lugar a reacciones alérgicas. Pero mejor no entrar en matizaciones, el mensaje debe ser claro y atizarle otro varapalo a los agricultores. Dado que las instalaciones industriales no abundan en el medio rural español, sólo la agricultura queda en nuestros pueblos como fuente de contaminación y fomentadora de alergias. Tomen nota.  Una afirmación atrevida merecedora de matrícula de honor.  Y nuestros abuelos, que eran tontos, no se habían enterado de los peligros que les rodeaban.

No es la única afirmación atrevida. Hacia el final de la entrevista, el Sr. Antolín nos habla de la llamada teoría de la higiene que él toma en un sentido muy estricto y limitado, centrándose únicamente en nuestro excesivo celo con la higiene corporal, lavados repetidos que debilitarían nuestra protección epitelial.  Lo cual parece ser cierto, pero no nos dice que la teoría de la higiene parte principalmente de asumir que es el entrenamiento de nuestro sistema inmunitario exponiéndolo desde la infancia al contacto con la gran variedad de alérgenos que nos rodean,  lo que fortalece nuestra capacidad de adaptación impidiendo respuestas desmesuradas, que serán las que se dan en personas que padecen alergias.  Aquellos niños que en el campo se llevaban las manos manchadas de tierra a la boca, estaban entrenando sus defensas sin dar lugar a “emergencia sanitaria alguna”. Sencillamente, estaríamos ante una “vacunación” natural fruto de la exposición continuada, sin duda, la forma de defensa de nuestro organismo que hasta el día de hoy nos ha permitido sobrevivir en el entorno natural. Sin necesidad de mascarilla alguna y precisamente gracias a no haber echado mano de ellas.

La inmensa mayoría de las alergias al polen se deben a pólenes transportados por el viento, no al polen más pesado que las abejas recogen en las flores. Esos pólenes anemófilos, amantes del viento, llegan hasta las ciudades, venciendo cualquier barrera artificial como las incontables filas de altos edificios, con más facilidad incluso que nos llega el polvo del desierto del Sáhara. Entra dentro de lo lógico y esperable, que personas arraigadas en el campo y que desde la infancia se han visto expuestas a estas liberaciones de pólenes, sean menos susceptibles de padecer alergias que aquellas personas del medio urbano que se expusieron y exponen a estos pólenes con menor frecuencia y principalmente cuando lo hacen es cuando se producen las explosiones de las floraciones, cuando más polen se libera.

Aquí debe buscarse, igualmente, el alza en los casos de alergias alimentarias, frente a ingredientes de síntesis química desconocidos para nuestro organismo con memoria de cientos de miles de años, o a la presencia de ingredientes naturales acompañados de sustancias artificiales igualmente extrañas a nuestro pasado.

Toda exposición a cuerpos extraños por parte de nuestro organismo, le pone a este a prueba. La contaminación ambiental derivada de la actividad humana es uno de estos casos y es indudable que nos debilita favoreciendo el desarrollo de alergias. Esto, sin embargo, nada tiene que ver con el denominado cambio climático que estaría causado por los gases de efecto invernadero, principalmente vapor de agua y anhídrido carbónico, dado que estos dos gases no pueden ser considerados como contaminantes.  Sin ellos, la vida sería imposible; sin un modo de vida artificial, la vida sí ha sido posible. Con un vivir cercano a la naturaleza y sus continuos desafíos, la vida es posible y es, cordialmente, deseable. 

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