Mascarillas a la vista

Carlos Feuerriegel

El ruido de fondo ya se escucha desde hace semanas. En España se empieza a considerar la vuelta a las mascarillas obligatorias en los centros sanitarios. La culpa del enmascaramiento en ciernes, la tendría el IRA, pero no el de Irlanda. El acrónimo quiere mostrarnos cuál es la Incidencia de enfermedades Respiratorias Agudas. Al alza en todos los países de Europa y nada extraño cuando dejamos atrás los meses veraniegos de calor y aire libre.

Lo sorprendente no es el valor semanal medido de esta IRA, sino la diferente respuesta ante el mismo. Mientras que en España, por ahora, no se llega a los quinientos casos por cada cien mil habitantes, en Alemania se registran valores máximos no conocidos desde 2011, año en el que se empezó a llevar la contabilidad de este índice. Así para la semana del 7 al 13 de octubre, según datos del Instituto Robert Koch, el IRA germano alcanzó los 8.800 casos por cada cien mil habitantes. Unas diecisiete veces el valor hispano.

Suponiendo que en el conjunto de la Unión Europea se proceda a medir este IRA de igual manera, lo cual debiera ser el caso conocido el genio reglamentista de la Comisión Europea, estas cifras plantean varias reflexiones. La primera es que, en el caso de Alemania, y dado que la enfermedad derivada de la infección con el coronavirus SARS-CoV-2, también era una enfermedad respiratoria aguda, hoy se alcanzan valores de personas afectadas superior a los que se dieron en los años pandémicos. Pese a esto, ni los gobiernos regionales ni la prensa fiel, han lanzado el grito de alarma. La segunda es que tampoco se ha decretado la mascarilla obligatoria en los centros de salud. Cierto es, que también se habla de ello, pero sin medidas por el momento.

La razón de ello, en Alemania, es bien clara. Existe una divergencia creciente entre la forma de valorar las medidas tomadas frente al coronavirus por parte de los partidos de gobierno, y gran parte de la población. La petición de realizar un estudio crítico de todas ellas, incluida la campaña de inyecciones masivas con la pócima génica, es un asunto con considerable peso político y de la cual el poder político no quiere ni oír hablar. Un encubrimiento que sólo ahonda la pérdida de apoyo que sufren los gobernantes. Sin asomo de rectificación voluntaria a la vista.

Debe buscarse en esta voluntad de echar tierra sobre los años pandémicos, las reticencias a la hora de volver a ordenar el embozo colectivo. Equivale a avivar unos rescoldos que están más que calientes. En España, por contra, el gobierno cuenta con una población que, hasta la fecha, se ha tragado sin grandes muestras de rechazo todo aquello que se le ha prescrito. El umbral a partir del cual aquí podrían darse primeros signos de pensamiento crítico y autónomo parece encontrarse a la vera de las estrellas. Unos pocos resfriados ya bastarán para que las campanas toquen a rebato y los feligreses nos pongamos a la cola para cumplir con lo que a bien tengan mandarnos. No es un horizonte muy luminoso el que se vislumbra delante del paisanaje hispano.

A todo lo anterior, puede añadirse que, en el caso alemán, que no debe diferir mucho del nuestro, un 22% de los casos registrados por esa Incidencia de enfermedades Respiratorias Agudas, se deben a coronavirus. No necesariamente al SARS-CoV-2, sino a los coronavirus de toda la vida, a los que pululaban antes de la pandemia, y después de ella. Frente a los que durante miles de generaciones desarrollamos inmunidad, que también nos ayudaba ante el coronavirus pandémico. Otra realidad silenciada e incómoda por más que debiera ser bienvenida y celebrada. En fin, que nada aminore nuestros miedos y a seguir las cabriolas de este nuevo IRA que promete lo suyo.

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