Informe PIRLS: se deteriora la capacidad de comprender un texto por nuestro alumnado. La sordera cultivada frente a la vida a nuestro alrededor y el aumento de la digitalización.
CARLOS FEUERRIEGEL
La vida está llena de crueles paradojas. Beethoven compuso su sinfonía coral, la novena, sin poder llegar a escucharla. El genio que fue una expresión de la más alta creatividad humana nos ofreció aquello que él no pudo vivir con su sentido del oído, pero sí, sin duda, con la percepción de su espíritu. Él escuchaba su creación como nosotros percibimos el sentido de las palabras leídas sin necesidad de leer en voz alta. La vida le hablaba con melodías fugaces que él supo llevar al papel dándoles eternidad. Tarea propia de dioses creadores de mundos y tarea de hombres que cada día se esfuerzan por elevarse en la escala del ser, vertiendo luz sobre nuestro propio inseguro caminar.
Soy completamente incapaz de hacer hablar a una partitura y me falta la voluntad para enmendar esta grave carencia en mi educación sólo achacable a mi pereza mental en aquellos años en que esta capacidad estuvo a mi alcance para poder desarrollarse. Probablemente ello haya reforzado mi amor por la lectura, esta otra partitura vital que, sin intermediarios, pasa el testigo de las vivencias y sentimientos de sus autores a nosotros, en cada instante los únicos y privilegiados intérpretes. Es un amor que debe ser despertado en la infancia, no necesita de primaveras que alteren la sangre ni de arqueros ciegos que nos atraviesen con sus saetas, le bastan ejemplos en el hogar de nuestra niñez que nos acerquen a su cuerno inmaterial de la abundancia. Pero hay señales que anuncian que pintan bastos en este gozar y crecer con la lectura.
Al parecer, la pandemia y los cierres de las aulas, aquella pandemia que ya se nos antoja tan lejana y que decretó la Organización Mundial de la Salud en marzo de 2020, estaría en el origen del descenso de la capacidad lectora de los niños de entre 9 y 10 años. Al menos en los 57 países, incluyendo a España y la práctica totalidad de los países de la Unión Europea, en los que cada cinco años se estima cuál es la evolución de la capacidad de comprensión de un texto escrito por nuestro joven alumnado. De entrada, en esta conclusión publicada ya se incluye una falsedad que cualquier persona debiera extraer sin necesidad de esforzarse mucho en la comprensión: no sería la pandemia en sí la responsable de este descenso, sino las medidas tomadas por demasiados países para hacerle frente. No todos los países reaccionaron igual y los hay que no tomaron medida alguna.
La prensa española ha recogido generosa pero selectivamente las conclusiones de ese informe que responde al nombre de PIRLS. Los unos para resaltar lo igualitaria que es la educación española, frente a la de otros países, con menores diferencias según nivel de ingresos de las familias de origen de los escolares incluidos en el estudio o menor “brecha de género”, es decir, diferencia entre niños y niñas en la puntuación alcanzada en el caso de España frente a la media general. Estos son los medios que ponen en movimiento el botafumeiro incensador para con nuestro sistema educativo.
Y, por supuesto, también están los que sacan el látigo de cómitre para castigar a ese mismo sistema señalando el muy bajo número del alumnado español con muy buena comprensión lectora. Según el pesebre del partido del que se alimentan, así nos hacen llegar el informe. Pero ninguno se atreve a mentar a la sacrosanta digitalización, el elefante en la habitación, la pantallita omnipresente en la vida de la chiquillería, ya pronto desde el destete, y como una de las posibles explicaciones a esta pérdida de comprensión lectora de los futuros adultos. Eso no se toca porque de ese pesebre comen todos y todas. El poder del complejo digital, los Google, Facebook, Apple, Amazon y Microsoft, los hermanos mayores de la familia, es intocable.
Ese poder es el que nutre, entre otras fuentes pestilentes, la llamada Agenda 2030 que incluso goza de puesto ministerial en el gobierno de España. Ese complejo digital, atesorador de todos nuestros datos y nacido al amparo de la industria bélica y de propaganda de los Estados Unidos de Norteamérica, todavía domina la escena. Como ayer lo hacía, por ejemplo y a una escala muy inferior, la industria, también norteamericana, del tabaco. Hoy hasta por el suelo se arrastran los mensajes de que fumar mata en forma de repugnantes fotos de tumores y demás casquerías.
Nada se dice en los resúmenes publicados del informe PIRLS acerca del hecho de que, a menos horas ante la pantallita, mejores resultados obtenidos en la puntuación final. Evidentemente, también son mejores estos resultados cuanto más arraigado está el hábito de la lectura, pero esto ya es de Pero Grullo y era esperable. En realidad, lo primero, la adicción al móvil imán para cervices desde jóvenes ya dobladas, anticipo de lábiles recursos humanos más fácilmente humillados cuando crezcan, también era de Pero Grullo
¿Acaso las pantallas no parpadean constantemente con imágenes caquéticas, de vida efímera y contenido más que disperso? Justo lo contrario para nuestro cerebro de la concentración que requiere la lectura de un texto. Y todo ello en cerebros rebosantes de plasticidad, que se están formando. Sin duda el momento ideal para nutrir glebas sumisas, carentes de carácter. La dispersión debilita nuestro cerebro, la atención lo hace crecer. No, no es una evolución fortuita esta del chaparrón digital. Aquí hay método detrás.
Desde hace algo más de dos siglos nos emocionamos escuchando la Oda a la Alegría de Schiller a la que Beethoven dotó de alas musicales. No es posible hacerlo sin dejarnos llenar por ella, concentrados, inmersos. Con la misma atención que era necesaria para leer la poesía cuando aún no había recibido el manto de inmaterialidad que Beethoven le ofrendó. Atención y afán por escuchar, por conocer. Siguiendo el ejemplo que la naturaleza a nuestro alrededor nos ofrece en todo momento si le prestamos atención, si nos desprendemos de esa sordera espiritual que se quiere sembrar ya desde las aulas.
Una noticia que puede parecer anodina y que pasará desapercibida fue el germen de estas líneas. Mediciones realizadas por investigadores de la vida de las plantas (1) han podido demostrar que una especie vegetal necesitada de polinización por los insectos, como las múltiples especies de abejas, reacciona a las vibraciones del aire que recibe cuando en su cercanía vuela uno de estos insectos. La planta “oiría” el vuelo de esa abeja, y responde enriqueciendo en apenas tres minutos, la concentración de azúcares de su néctar. Esto, a su vez, incrementa la atracción de sus flores para los polinizadores y facilita su fecundación. La cadena de la vida puede seguir añadiendo eslabones.
La sordera cultivada frente a la vida a nuestro alrededor, como la que se deriva de esa pérdida de comprensión de un texto, es un ataque frente a esta continuidad de la vida. Las plantas, tenidas por sordas, parecen saberlo. Ellas también componen su propia sinfonía que nos debería llenar de alegría, asombro y celebración. Formamos los nudos de una misma red de vida y esta vida discurre fuera de las pantallas. Nosotros no debemos olvidarlo.