La cuestión judía

CARLOS FEUERRIEGEL

A mediados del siglo XIX, Karl Marx, judío alemán vástago de una ilustre familia de rabinos de la ciudad de Tréveris, escribió una obra titulada “Acerca de la cuestión judía”. El término “cuestión judía” no fue una invención suya, sino que había sido empleado anteriormente por un filósofo alemán de la escuela hegeliana, Bruno Bauer, en una obra con ese título. Marx daba respuesta a la obra de Bauer. Y en ella criticaba con una causticidad feroz, el papel de las élites judías en la vida económica de los pueblos cristianos. Para Marx, la solución a la cuestión judía radicaba en que los judíos se emanciparan de su judaísmo. Con ello, Marx pasó a engrosar la larga lista de personalidades judías que se habían mostrado poco amantes del presente y el pasado de un pueblo al que ellos mismos pertenecieron por nacimiento.

Ese desamor no fue el caso del doctor Nathan Birnbaum, ciudadano del Imperio Austro-Húngaro, al que se atribuye la invención del término “sionista”. En 1893 publicó una obra de muy corta extensión, pero muy largo título: “La resurrección nacional del pueblo judío en su propia tierra como medio para solucionar la cuestión judía. Una llamada a todas las personas de buena voluntad”. Para Birnbaum, uno de los precursores del sionismo, también existía una “cuestión judía”, pero a diferencia de Marx, la solución del mismo se encontraba en la emigración de los judíos a Palestina.

Apenas tres años más tarde apareció Theodor Herzl, el padre político del sionismo que, desconociendo el libro de Birnbaum y de otros precursores, publicó, en 1896, su más conocida obra “El Estado de los judíos”. Sin embargo, ese no era el título completo de su libro. Éste rezaba, “El Estado de los judíos, una solución moderna de la cuestión judía”. Esta cuestión seguía en el aire y dominaba todos los debates en los círculos sionistas. Todavía.

No es anecdótico el hecho de que Herzl no fuera capaz de encontrar para su libro una editorial judía ni en la Viena en la que había trabajado como periodista y autor teatral, ni en Alemania. Y no porque no las hubiera ni le fueran desconocidas. Habían publicado anteriormente obras suyas. El problema era que el contenido de su libro era sencillamente rechazado. Los judíos de habla alemana, mayoritariamente, se negaban a aceptar la idea de la existencia de una “cuestión judía” según la cual sería del todo imposible su asimilación dentro de las sociedades europeas, debiendo permanecer sin posible solución, como un cuerpo extraño. Al final Herzl vio publicada su obra en una pequeña editorial vienesa y gentil, es decir, cristiana (1).

Al año siguiente, 1897, tuvo lugar en la ciudad suiza de Basilea el primer Congreso Sionista Mundial. Bajo la dirección de Herzl.  Inicialmente debía haberse celebrado en Alemania, pero hubo que desistir ante la oposición firme de la congregación de rabinos de Alemania, rotundamente contrarios al movimiento sionista. Al igual que antes los editores judíos, los rabinos alemanes rechazaban el sionismo. Para ellos este movimiento suponía un grave peligro para los judíos que paulatinamente se iban asimilando en la sociedad alemana al poder despertar el espectro de la acusación de poseer una doble lealtad, a una hipotética patria en Palestina frente a una presente patria en tierras de Alemania.

Que existía una “cuestión judía” y que el sionismo vendría a solucionarla estaba muy claro para los doscientos ocho delegados asistentes a este primer Congreso y procedentes de 16 países. Todos ellos llevaban sobre sus elegantes chalecos de ceremonia, exigencia expresamente formulada por Herzl en lo que al atuendo se refería, un cartelito con el texto: “La única solución de la cuestión judía es la constitución de un Estado de los judíos”

¿Cuál era para los sionistas esa “cuestión judía”? La respuesta era clara: la presencia de una minoría judía en sociedades que les acogían conducía inevitablemente al rechazo de esta minoría. Había que poner fin a esa situación y para los sionistas, lejos de la autoemancipación de Marx, sólo cabía una posibilidad, el Estado de los judíos. Inicialmente en tierras de Palestina, pero no necesariamente como en su momento plantearía el propio Herzl y causando la fractura del movimiento apenas nacido.

Este primer Congreso se adelantó en veinte años a la llamada Declaración Balfour de 1917,que emitida por el gobierno británico, y en plena primera Guerra Mundial,  prometía a los judíos un hogar nacional en Palestina. Una fórmula vaga que daría lugar al actual Estado de Israel y con él, al principal foco de violencia e injusticia ininterrumpido desde hace más de ochenta años, con repercusiones en todo el mundo. La matanza de la población palestina en Gaza, pero también en Cisjordania nos puede servir de recordatorio.

Que el origen de la “cuestión judía” eran esas fricciones permanentes entre dos comunidades, la mayoritaria y la judía, en los más diversos países, no sólo lo sostenían los sionistas. El muy honorable Lord Balfour, en su día Ministro de Exteriores de la corona británica y que dio nombre a la declaración de 1917, no dejaba lugar a dudas al prologar en 1918 el libro de Nahum Sokolow, dirigente sionista , titulado “History of Zionism 1600-1918” (2):

“Tal y como yo entiendo su sentido (del sionismo), este es, entre otras cosas, un intento serio para mitigar las miserias por tanto tiempo creadas en la civilización occidental por la presencia en su seno de un cuerpo que prolongadamente ha sido considerado como extraño e incluso hostil, pero al cual y al mismo tiempo (esta civilización occidental) fue incapaz tanto de expulsar como de absorber. Ciertamente por esto, si no por ninguna otra razón, debe recibir nuestro apoyo”

Esta era la opinión de Lord Balfour en un libro de Sokolow, prologado por el primero a petición del segundo. Hoy ambos podrían ser acusados de “antisemitismo”. Como muchas de las afirmaciones de Marx, o de Theodor Herzl. La historia juega estas pesadas bromas.

Significativo es que una vez conseguida la llamada Declaración Balfour y con ello el apoyo de una gran potencia para constituir el Estado de los judíos, la “cuestión judía” prácticamente dejó de existir. Así, en las nuevas reediciones de la obra fundacional de Theodor Herzl, “El Estado de los judíos” y, ahora sí, por parte de la editorial judía de Berlin en 1920, la mención a la “cuestión judía” ya no aparece (3). Los sionistas pensaban que esa cuestión estaba en vías de solución, gracias al Imperio británico y preferían no mencionar un asunto tan preñado de rechazos en su propia comunidad.

Pasado más de un siglo de todos estos acontecimientos, no cabe duda de que, conforme a la opinión de los primeros sionistas, la “cuestión judía” está muy lejos de haberse resuelto. Pese a la existencia de un Estado de Israel. Un Estado que alberga sólo a una minoría de judíos, dentro de su población mundial. Todavía mayor sería el asombro de aquellos primeros sionistas si pudieran comprobar como a la “cuestión judía” le ha nacido una incómoda hermana política, que no de sangre. Es la llamada “cuestión árabe”.  En lugar de una cuestión, ahora tenemos dos.

La “cuestión árabe” aparece una y otra vez en los discursos de los dirigentes del Estado judío. Con ella se refieren al problema demográfico que para los sionistas supone que, a día de hoy, entre el río Jordán y el mar Mediterráneo, la población palestina supere a la judía.  Un grave peligro para el demógrafo israelí Arnon Soffer como recogía el periódico The Times of Israel el pasado año (4).

A ese peligro de verse rebasados en número por la población autóctona palestina el gobierno de Israel, con el apoyo de los Estados Unidos y de nuestra tolerante y multicultural Unión Europea responde como únicamente saben y la respuesta la están dando en Gaza. La respuesta es hacer imposible la supervivencia de más de dos millones de palestinos en ese inmenso campo de concentración en el que ya llevaban décadas enjaulados. Para que cuando se disipe el humo de las bombas, los supervivientes estén obligados a marcharse. Sin viviendas, sin infraestructura alguna, en un inmenso cementerio con miles de cuerpos en descomposición debajo de las ruinas. En el verdadero infierno. Los palestinos deben desaparecer por completo y dejar de ser una molestia para el moribundo proyecto sionista. Es la forma moderna de restablecer la deseada mayoría demográfica.

Convenientemente sepultada, esta sí, la “cuestión judía”, la “cuestión árabe”, la cuestión palestina se alza brutalmente ante nuestra vista. Sin medidas que impidan la solución puesta en práctica por los sionistas. Sin sanciones, más allá de condenas retóricas. Sin que ni siquiera nos llegue una información veraz de la magnitud de la masacre.

No estamos presenciando una guerra contra Hamas. Que nadie se engañe.  Es una matanza industrial de la población civil palestina para dar solución a la “cuestión árabe”. Arrinconando a millones de personas en el sur de Gaza y a la espera de que la chequera de nuestra Unión Europea y del mundo financiero de los EEUU, engrase y abra las puertas del Sinaí. Aligerando nuestras conciencias.

Ignoro cuándo ocurrirá, pero por tolerar y bendecir esta criminal solución a la “cuestión árabe”, tendremos que rendir cuentas ante un mundo que contempla con asombro la infamia de la conducta de la única democracia del Oriente Medio. Con la que decimos compartir no sé qué extraños valores.

(1)  «Der Judenstaat. Versuch einer modernen Lösung der Judenfrage” Theodor Herzl, M. Breitenstein´s Verlags-Buchhandlung, Leipzig und Wien, 1896

(2)  “History of Zionism” Nahum Sokolow, Longmans, Green and Co., London 1919, pg XXXIV

(3)  “Der Judenstaat” Theodor Herzl, Jüdischer Verlag, Berlin, 1920

(4) https://www.timesofisrael.com/jews-now-a-minority-in-israel-and-the-territories-demographer-says/

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