Intolerantes

CARLOS FEUERRIEGEL

Durante este pasado mes de mayo ha tenido lugar en la Audiencia Provincial de Barcelona, el juicio contra Pedro Varela, responsable de la Librería Europa, cerrada desde 2016. En aquella fecha, los Mossos de Esquadra se incautaron tanto de los libros expuestos a la venta como las existencias en almacén. Ocho años sin actividad económica, un desierto de ingresos junto a una riada interminable de gastos. La sentencia está por fallarse, pero no así la pena ininterrumpida que no ha dejado de aplicarse en todos estos años.

Entre la acusación, junto a la Fiscalía especializada en los llamados “delitos de odio”, figuraban dos entidades jurídicas que actuaban al alimón, compartiendo discurso y abogado: la Federación de Comunidades Judías de España (FDCJE) y el Movimiento Contra la Intolerancia. Ambas entidades dan cuerpo y aliento al Observatorio contra el Antisemitismo, en cuya página web puede hallarse una definición de lo que ellas entienden por antisemitismo. A la definición se le añaden unos ejemplos que, según los promotores del Observatorio, más terrenal que estelar, pueden “resultar ilustrativos”. Así por ejemplo, entraría dentro de la definición de “antisemitismo”:

“(…) ataques contra el Estado de Israel, concebido como una colectividad judía. Sin embargo, las críticas contra Israel, similares a las dirigidas contra cualquier otro país no puede considerarse antisemitismo” (1)

En principio, y hasta aquí, todo aparece meridianamente claro pero el problema surge cuando nos fijamos en las peculiaridades del Estado de Israel que no lo hace equiparable a otros Estados. No se trata ya de que sea un Estado que carezca de Constitución, no es el único, ni tampoco de fronteras que el mismo Estado reconozca como propias, lo cual constituye una particularidad ya bastante más exclusiva. No. No es esto. El problema surge cuando se define como un Estado judío y no un Estado “de los judíos”.

El que es considerado como el padre ideológico del Estado de Israel, Theodor Herzl, esbozó su sueño sionista como un Estado “de los judíos”, en su libro “Der Judenstaat”, y no la forma errónea en que habitualmente es traducido el título, “El Estado judío”, y que se correspondería en alemán con “Der jüdische Staat”. En ese Estado vislumbrado por Herzl, la pertenencia étnica o las tradiciones judías no jugarían un papel determinante, ni siquiera la lengua hebrea sería el vehículo de comunicación entre sus ciudadanos (2).  Herzl no deseaba un Estado que se diferenciara de los demás, al contrario, deseaba un Estado que pudiera tomar como modelo a los Estados europeos en los que había discurrido su vida, no ocultando su admiración por el nuevo Estado unificado alemán bajo la dirección de Bismarck. En palabras de Herzl:

“Y si se da el caso de que creyentes de otras religiones, de otras naciones, vivan entre nosotros, les daremos una protección honorable y les garantizaremos la igualdad de derechos. Hemos aprendido la tolerancia en Europa.” (3)

Esa igualdad de derechos jamás fue reconocida a los palestinos, al contrario, junto a la desposesión y destrucción de cientos de sus aldeas, aquellos palestinos que todavía constituyen alrededor de la quinta parte de los ciudadanos de Israel, se encuentran gravemente discriminados frente a los ciudadanos judíos. Razón por la cual, debe insistirse, el Estado judío no es un estado como los demás.

La entidad política que  Herzl había ideado, nunca llegó a existir. En ese sentido su sueño no se hizo realidad. Pero también encuentra trabas la realización del Estado judío. Son las trabas naturales derivadas de querer imponer un Estado judío sobre un territorio habitado por la población autóctona palestina a la que, previamente, había que desposeer y expulsar. Proceso ininterrumpido del que las masacres en Gaza son sólo una continuación. Un suma y sigue menos propicio para eufemismos encubridores y ensalmos exculpatorios. Las víctimas reales están a la vista de todos, al igual que los verdugos. No son necesarios celosos Observatorios. Tampoco telescopios biempensantes. Los palestinos sufren en tierra, los verdugos ejecutan desde el aire.

Y aquí volvemos al inicio de estas líneas, porque se da el caso de que ambas entidades que constituyen la acusación particular en el juicio de Barcelona, disparan con artillería de grueso calibre contra todo aquel que osa desafiar la posición de dominio del Estado de Israel sobra la tierra de Palestina.  Esto lo hace, por ejemplo, atacando a los que apoyan el reconocimiento de un Estado palestino sobre esa misma tierra. Una medida meramente simbólica pero que entraña la voluntad de no dejar caer en el olvido la justa y heroica resistencia junto a los derechos del pueblo palestino. Olvido que parecen querer alimentar los que se precian de combatir la intolerancia. Los que solo ven la paja en ojo ajeno. Los que parecen haber olvidado, pese a vivir en esta tierra, que sus antepasados, en palabras de Theodor Herzl, “aprendieron la tolerancia en Europa”.

Así, en su comunicado del pasado 23 de mayo (4), la Federación de Comunidades Judías de España, arremete contra la Vicepresidenta del Gobierno, Yolanda Diaz y contra la Ministra Sira Rego, defensoras de este reconocimiento del Estado palestino, afirmando que la primera “defiende la desaparición del Estado de Israel” y que la segunda, con esa medida:

 “no solo demuestra su antisemitismo, sino que promueve la aversión hacia los judíos españoles. Los ministros, en lugar de trabajar por la defensa y seguridad de los españoles de religión judía, alientan el rechazo y el odio hacia los judíos”

El comunicado de esta Federación no debiera dejar de sorprendernos. En primer lugar, el Estado español es aconfesional y ninguna confesión religiosa se supone que goza de privilegio alguno a la hora de que se le garantice su “defensa y seguridad” sobre otras. Por otro lado, no se llega a comprender en qué medida el reconocimiento de un Estado palestino en los confines del Mediterráneo oriental, puede afectar a la “defensa y seguridad” de unos ciudadanos españoles, con independencia de su religión o pertenencia étnica, o ascendencia de sus antepasados. 

Por último, pero no por ser de menor importancia, el Comunicado de la Federación de Comunidades Judías afirma que, reconocer el Estado palestino “alentaría el rechazo y odio hacia los judíos”. No es una afirmación baladí. Dado que alentar el odio hacia una comunidad, en razón de pertenencia religiosa, étnica, etc. supone poder incurrir en el denominado “delito de odio”, parece dejarse caer que altas representantes del gobierno español se estarían acercando a esa peligrosa figura penal. ¿Nos encontramos ante un no muy velado aviso para navegantes? Desde este humilde observatorio no somos capaces de responder a la pregunta. Sin duda hay observatorios con un mucho mayor campo de visión. El tiempo dará respuesta a este interrogante.

En Barcelona no sólo se ha estado juzgando a la Librería Europa y a la difusión de libros cuyo contenido puede chocar con la visión de la historia hoy establecida por el poder político; se juzga mucho más. Indirectamente se estaría juzgando el poder defender una visión del mundo actual, no del ya pasado, que resulta incómoda para quienes tienen el cuajo de estar cometiendo un posible genocidio, en advertencia meliflua del Tribunal Penal Internacional, al otro lado de nuestro mar y quisieran poder gozar de la impunidad y el beneplácito universal. Un deseo condenado al fracaso con independencia del fallo del tribunal.

(1) observatorioantisemitismo.fcje.org

(2) Theodor Herzl, “Der Judenstaat”, Jüdischer Verlag, Belin, 1920, pág. 63

(3) ibid, págs. 63-64

(4) https://www.fcje.org/-/la-comunidad-jud%C3%ADa-espa%C3%B1ola-est%C3%A1-muy-preocupada-por-los-%C3%BAltimos-acontecimientos-antisemitas?redirect=%2F

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