CARLOS FEUERRIEGEL
Infame y cruel es burlarse de la demencia de un anciano, por más que ese anciano haya despuntado con una bien acreditada trayectoria criminal labrada durante décadas. El anciano responde, pero no siempre, al nombre de Joe Biden y está al frente de la nación única, el bien cuidado jardín donde crecen los árboles de los valores cívicos, bajo cuya sombra nos protegemos el resto de los mortales occidentales, temerosos ante la amenaza de la vegetación selvática circundante, llena de bandidos y lobos feroces.
La pasada mota, que no cumbre, de los siete magníficos en Italia, le ha ofrecido al mundo selvático la más alegórica representación del estado de nuestro occidente político. Sobre el escenario, una mamma italiana llamada Meloni devuelve al redil de la foto de familia al abuelito Biden perdido y alucinado que ya marchaba en busca de no se sabe qué, pero en la dirección equivocada. Esta es una imagen que sí puede preciarse de valer mucho más que mil palabras. Pretende mostrar unidad y fortaleza, pero hiede a decadencia y decrepitud. Y hasta la selva llegó el tufo y la imagen.
No sin consecuencias. Los que mueven los hilos del guiñol Biden siguen mandando y nuestros jardineros de la Unión Europea obedecen a sus comandas con todo el celo marcial del que son capaces. Al precio que sea y haciendo gala de una amnesia temprana que no promete un envejecer lleno de vitalidad.
Si hasta ayer la prioridad era “salvar el clima”, tras las nuevas órdenes, ahora prima dañar a China.
Si hasta ayer la transición hacia una economía que pintaban de verde debía beneficiarse de unos precios a la baja de placas fotovoltaicas y coches eléctricos, hoy toca olvidarse de esa cantinela, encareciendo esos productos que, ¡oh desgracia!, proceden de China.
La señora Janet Yellen, al frente del Departamento del tesoro del gobierno de Biden viajó hace poco a China. La buena mujer llevaba el mandato de leer la cartilla a los chinos por su insufrible “sobrecapacidad”. Producen demasiado y producen barato. Además, Janet afirma que los productores chinos gozan de ayuda gubernamental, algo imperdonable para los Estados Unidos que tienen a sus dos principales sectores económicos, el financiero y el militar, amorrados a la ubre pública sin destete posible. Ya saben, la doble vara de medir con la que damos lecciones a los moradores salvajes de la selva, que más que atónitos no dejan de maravillarse ante nuestra desvergüenza.
Janet volvió de China sin despertar gran empatía allí y apenas aterrizada en la tierra prometida decretó la subida de los aranceles a los coches eléctricos chinos de un 25% a un 100%. Los coches chinos, desde ya, ven doblado su precio en frontera apenas entrados en los Estados Unidos. El pobre de Elon Musk hace palmas con las orejas. Esas son las medidas de los defensores del libre mercado a la vanguardia de la defensa del clima. Del clima que a ellos les acomoda, que para eso siguen creyendo que controlan el termostato.
¿Y los jardineros de la Unión Europea? Nuestro Sánchez protector de Ucrania, la Ursula von der Pfizer, el Scholz del Nord Stream dinamitado, el pequeño Macron napoleónico o la mamma de Meloni, repiten la jugada con unas semanas de demora y suben igualmente los aranceles a placas fotovoltaicas y coches eléctricos chinos. Donde manda patrón, no manda marinero.
Ni el mayor enemigo del discurso del cambio climático, ya saben, el debido a la actividad humana, podría imaginar unas medidas más devastadoras para la credibilidad del mismo. Poco parece importarles a los mismos dirigentes que antes, y para castigar a Rusia, dijeron querer renunciar a su gas natural para comprárselo al abuelito Biden. Sin gran éxito vistos los resultados. Pero también sin tener en cuenta que el gas natural procedente de la fracción hidráulica deja una huella de gigante en lo que a emisiones de CO2 se refiere y sin entrar en los costes energéticos del transporte. Aquí tampoco importaba el clima ideal a preservar.
Los dirigentes del occidente nunca han creído en su propio discurso, apenas podrían balbucearlo sin apuntadores y eso no pasa desapercibido al resto del mundo. En su desesperación por la irreversible pérdida de influencia, más que trabajada, merecida y necesaria, estos dirigentes van perdiendo las formas y mostrando sus desnudeces. Ni vestidos tuvieron la menor preocupación real por la vida en la tierra, ni desnudos van a seguir engañándonos. Ellos estaban y están a otra cosa: intentar retener el poder sobre un mundo que se les escapa de las manos y al que los europeos de calle y de campo haríamos bien en sumarnos.