Carlos Feuerriegel
Atendiendo con los ojos a las lecciones calladas que nuestros montes nos imparten, podemos llegar a distinguir entre las ruinas de las casas de labor en su día habitadas, unas que solo eran temporalmente ocupadas y otras donde se vivía todo el año. La presencia de los terrenos que fueron de huerta y los restos de acequias delatan a estas últimas. Contorneando la huerta perdida, los nervios ya difuminados de las acequias colmatadas de años de tierra y de abandono. Y en el origen de las acequias, la balsa, una balsa vacía, muda y seca. Pocas imágenes evocadoras de una plenitud que en su día fue, de riegos, baños y cantos del agua, producen tanta tristeza como descubrir en las paredes desconchadas de las montesinas balsas, las rayas que marcaron en ellas la última altura alcanzado por las aguas. Epitafio resistente y a nivel.
Ayora no siempre fue un pueblo con aguas abundantes. El trabajo de los antepasados durante finales del siglo XIX y primeras décadas del pasado siglo, canalizaron nuevas corrientes y construyeron balsas para almacenar y regular su uso. Entre ellas, la Balsa Mayor. Pocos pueblos pueden preciarse de contar con una obra de esa magnitud y de unas aguas tan limpias y recién alumbradas. Sorpresa de visitantes que recorren la llamada Ruta del Agua con parada obligatoria en sus márgenes. Huera promoción municipal de un arca del tesoro, que siempre conocimos llena y que desde hace meses yace vacía, monumento a las paredes secas y a la enfermedad de nuestro tiempo. Como la bicicleta que tanta relación guarda con este mal que seca la balsa y sentencia a nuestro pueblo. Una afirmación que debe ser justificada.
El pasado año, una tormenta muy localizada descargó en la zona del Montemayor. Al poco, la rambla del Reconque vio crecer su caudal. El badén que salva la rambla en el camino de la Hortichuela quedó bajo la corriente. Vecinos se congregaron para ver y oír la fuerza de las aguas. Junto a los vecinos un ciclista salido de la población con la original idea de cruzar la rambla y seguir hacia no se sabe donde. Advertencias de que no cruzara que son desoídas. El ciclista cruza y nuestro ser racional con su caballería metálica son arrastrados rambla abajo. Él será salvado, la bicicleta no.
Y aquí es donde aparece el mal, nuestra enfermedad. El ciclista denuncia a no sé quién, ¿al Ayuntamiento, a la Iglesia y a San Pedro gestor de las aguas celestiales?, por no haber señalizado la peligrosidad del paso cuando es cubierto por las aguas. Se siente víctima y debe darse con un culpable en el mundo. En un mundo que le excluye a él. Él, nuestro ser racional dispone de un cerebro, pero no lo usa. Dispone de oídos, pero no escucha. De ojos, pero no ve. Se siente víctima, y como tal no puede ser culpable, ni siquiera responsable. Nuestra víctima echó en falta una guía exterior, una advertencia bien señalizada para atenerse a ella. Un manual de instrucciones para vadear los cauces peligrosos de la vida. Sólo así se siente seguro. En su propio juicio no puede confiar. Y en esto es en lo único que acierta. Restos supervivientes de un legado de humanidad. En realidad, nada por lo que debiéramos preocuparnos, salvo si esa actitud llegara extenderse por toda nuestra comunidad. Entonces lo que es anécdota se convierte en síntoma de una patología mortal.
Lo anterior, el ciclista y su bicicleta, la víctima del mundo, explica la agonía de la Balsa Mayor. Los regantes propietarios de la balsa, miembros también de nuestro pueblo, temen a un posible accidente que pudiera ocurrir en ella al ser utilizada, engrandecida y vivida como lugar de baño. Como lugar de celebración por el vecindario de Ayora, desde hace mas de un siglo, de ese libre regalo de valor carente de precio. Temen a la actitud ante la vida del ciclista condenado por las aguas y absuelto por la justicia del tiempo. Temen tener que responder ante una fatalidad de la que no serían responsables. Nos temen a todos nosotros. A sus ojos, no somos de fiar.
No hay confianza en nuestra comunidad. Cuando la dirección de los regantes desconfían de todos y cada uno de nosotros, posibles y futuros litigantes carentes de responsabilidad para asumir las consecuencias de nuestros actos, es que aquello que temen en nosotros, también ya anida en ellos. El espíritu del tiempo. La enfermedad de una comunidad que se disuelve en tantos torreones aislados como cerebros no utilizados y empatías atrofiadas. De esta enfermedad estuvieron libres nuestros padres, abuelos, bisabuelos, mucho más pobres materialmente que nosotros, pero con la madurez que proporcionaba el ser educado para hacer frente a una vida dura sin manual de instrucciones que a cada momento nos diga qué tenemos que hacer. Para saber poner fin a la etapa infantil, de absoluta dependencia, que parece querer ser nuestra acompañante hasta el último día. Pero dependencia sin inocencia. Aquí solo hay lugar para segundas intenciones.
Cuando a todos nos toman por víctimas resentidas a la espera de demandar la compensación por cada futuro tropiezo de nuestro entendimiento, mejor no salgamos de casa y saludemos el confinamiento eterno. Ni balsas, ni calles ni paseos, ni árboles centenarios. Surtidor seguro de peligros, pleitos y demandas. Hagamos frente a las traidoras balsas que anuncian peligros entronando eternos confinamientos que nos libren de emplear los codos para afianzarnos en la vida. Confinamientos hijos de la desconfianza, fiables y conservadores de lo que no puede morir porque ya murió.
La Balsa Mayor está vacía porque sus gestores están llenos de miedos. Nos corresponde a aquellos que queremos seguir poder gozando de sus aguas, compañías y alegrías compartidas el disiparlos. Una tarea que marcará hasta que punto todavía es posible poner remedio al mal del ciclista y a la vergüenza de una balsa que pide volver a la vida para poder ofrecérnosla también a nosotros. El destino de las balsas muertas de los montes no puede anunciar también la derrota de nuestra capacidad por conservar aquello que a nuestros antepasados tanto les costó levantar. Aquello que no debemos renunciar a disfrutar.