Carlos Feuerriegel
El nombre de Aya Velázquez no les dirá nada. Durante la era anterior a la nueva normalidad pandémica, Aya fue una periodista y activista alemana contra la energía nuclear y el cambio climático, una activista consecuente que respetaba todas y cada una de la huelgas por el clima que se terciaran. Hasta que llegó el coronavirus. Con él su vida dio giro inesperado. Aya se cayó del guindo de la rebelión consentida. Con el golpe de la caída también le vino la cancelación y hoy es una apestada declarada a la que sólo le falta anunciar su paso por las vías públicas, haciendo sonar la campanilla avisadora de tiempos pasados.
Su delito radica en haber difundido el pasado año 2024 las cuatro mil páginas, no censuradas, de las actas del Comité de Expertos del Instituto Robert Koch de Alemania. Los expertos que se reunieron regularmente durante la emergencia pandémica. Reuniones que debían servir para asesorar científicamente al gobierno alemán en su toma de decisiones ante la presunta amenaza mundial del coronavirus. En España jamás podremos acceder a las actas de nuestro propio Comité de Expertos, no porque no fuera anunciada su existencia por el honorable presidente Sánchez, sino porque nunca se llegó a constituir. Es la forma más segura de evitar cualquier indiscreción. Había que poner impedimentos a la mayor locuacidad latina.
Gracias a la filtración germana supimos que los expertos no habían recomendado la inyección de la pócima espicular ni a los niños ni a las niñas. Que los resultados de aquel omnipresente test PCR, por encima de 34 ciclos de reproducción carecían de validez, al inundarnos con falsos positivos que al margen de fomentar el terror en la población, inflaban aquellas cifras de los contagiados asintomáticos. Pese a esto, en la muy protegida Unión Europea se siguieron realizando estas pruebas con un número de ciclos de reproducción que superaban los cuarenta. También supimos que era falso hablar de una ”epidemia de los no vacunados” que sirvió para criminalizar, por insolidarias, a las personas que con buen criterio declinaron, declinamos, la invitación a dejarse inocular. Y para ponerle la guinda al pastel de la farsa, nos enteramos de que la recomendación de una tercera dosis de la pócima de Pfizer, no partió del criterio de los expertos, sino de la propia compañía vendedora del mejunje.
También es gracias a la filtración que Aya Velázquez dio a conocer que supimos que en el acta de la reunión del día 27 de abril de 2020, los “expertos” profetizaron, y se sinceraron, afirmando que:
“Llegarán varias vacunas que han sido desarrolladas y probadas por medio de un procedimiento abreviado. Los datos relevantes se obtendrán después de la comercialización”
¿Se entiende? Los datos relevantes los darán, los están dando, los miles de millones (no menos de dos mil millones de inoculados con las diferentes pócimas) de conejillos de laboratorio que se arremangaron la manga. Esto se llama política de reducción de posibles efectos adversos en boca de nuestras autoridades políticas y de los medios de desinformación.
Que después de estos descubrimientos, Aya Velázquez sufra el acoso del que estas líneas te informan, no es de extrañar. Hasta Wikipedia se esforzó en saber cómo cubrió esta heroína sus gastos universitarios…prestando servicios sexuales. Con poco que rasques la epidermis de un tolerante profesional y de progreso te sale al encuentro un policía de secretos de alcoba. Pero no, las actas desveladas, esta policía no te las dará a conocer.
Cierto que peco de ingenuo al afirmar que nos enteramos de todo esto. Apenas una ínfima minoría se habrá enterado y domina al por mayor el afán por no querer saber y pasar página. Domina ciertamente esta actitud entre el pueblo soberano, pero no en las alturas del poder real. Aya Velázquez puede contarnos algo de cómo los que mandan sí tomaron nota de su atrevimiento y de cómo se lo han hecho pagar. A esta periodista le han cerrado la cuenta en su banco. De la noche a la mañana. Sin alegar motivo alguno que lo justifique. ¿Tendrá esto algo que ver con los documentos que ella ayudó a desvelar?
No es una medida baladí cerrarle a uno la cuenta bancaria. Piensen en las consecuencias. Constituye un verdadero ostracismo de la vida en la comunidad, la muerte civil sin necesidad de echarla de su país. Tú ahora recurre al fallo lento, caro e incierto de una justicia, que en juicio barojiano suele inclinar su fiel del lado de las monedas. Monedas y banca siempre tuvieron algo que ver. Aya Velázquez deberá enfrentarse a las dos. No es la única.
Flavio von Witzleben es un periodista, también alemán, que a través de su canal digital desde hace años da voz a los que nunca pueden expresarse en los medios del casino financiero que nos pastorea. Voces que rechazan atizar la rusofobia, que llaman por su nombre a la carnicería que la entidad sionista realiza en Palestina o a los asesinatos sin fin que los mismos israelíes llevan a cabo en el vecino Líbano o en la misma Siria. Voces que en esta Europa de los elevados valores no deben ser escuchadas recurriendo para ello, de nuevo, a la cancelación de su cuenta bancaria. Un método que va cogiendo carrerilla y que quizás también llegue a regalarnos con su implantación en nuestra feliz Hispania. Pensar en que pueda existir una colaboración entre el poder político aparente y el sistema bancario, sin duda caerá en el terreno patológico del conspiracionismo. Líbrennos los dioses de ello. Estamos ante puras coincidencias que la santa justicia enmendará en sus indeseadas consecuencias.
En otra latitudes, en cambio, gastan cedazos de malla más estrecha para separar las actitudes tolerables, de las peligrosamente indeseables. Pocos granos superan la criba. Así en el Vietnam regido por el Partido Comunista, se han cerrado, no ya una, ni dos, ni una docena de cuentas bancarias, sino alrededor de 83 millones de cuentas de un total de cerca de 200 millones de cuentas existentes en el país. A modo de ensayo y por no haber proporcionado sus titulares sus datos biométricos. El sueño de los psicópatas del Foro Económico Mundial, redondear la identidad digital de todo súbdito, echa mano del lejano país asiático para sus ensayos de control lento pero firme de la población.
También es el sueño de la mafia digital del Valle del Silicio norteamericano, ofrecernos su cilicio vigilante que alegremente nos ceñimos. Al fin y al cabo, nada tenemos que temer porque jamás se nos ocurrirá desafiar al poder. Aquí estamos para lo que manden y tanto montan, montan tanto los milmillonarios de Davos como los del Silicon Valley. Ambos sostienen la cosa nostra, la de ellos, que comercia con los datos universalmente recogidos. La que nutre con sus relatos esa otra cosa que llaman Inteligencia Artificial. Pregúntenle a ella por las cuentas clausuradas en Vietnam y recibirán la respuesta de que no se han cerrado cuentas. Añadan el detalle de los datos biométricos como causa del cierre y, ¡oh milagro!, cierto es que las cuentas se han cerrado. Esa inteligencia programada sólo se acercará a la incómoda verdad si ustedes conocen la respuesta veraz y saben formular las preguntas.
En Alemania, como ayer en Canadá con la clausura de las cuentas bancarias de los camioneros que se negaron a ser inoculados contra el virus pandémico, o en el remoto Vietnam, el mismo lobo del control absoluto de todo pensamiento y actitud no conforme con el dictado del discurso único, va asomando sus orejas. Podemos querer no verlas, pero a las orejas no tardará en seguirlas el morro y con él, los dientes que suelen servir para morder. Como el cilicio que sirve para ir poniéndonos en adobo.