Pedos bajo sospecha

En el futuro inmediato los inspectores de Hacienda podrían verse confrontados con una nueva tarea en nada envidiable.  Tasar la emisiones de metano de la popa de vacas y ovejas flatulentas.  Los humanoides, en principio, no estamos en el punto de mira. Todo llegará.

El gobierno de Nueva Zelanda, laboratorio mundial de medidas disparatadas pero bien apoyadas por el programa del Gran Reinicio del Foro Económico Mundial de Davos  planea introducir un impuesto a las emisiones de metano de su ganadería, a partir del año 2025 (1). En España, quizás nos libremos, el Honrado Concejo  de la Mesta hace tiempo que dejó de ser un poder con peso en las decisiones de nuestros gobiernos, las ovejas se van clareando, los pastores más,  y las Cañadas y demás vías de tránsito de ganado se ocupan por el primero al que se le antoja.

Nueva Zelanda es otra historia: cinco millones de habitantes y unos diez millones de vacas, junto a veintiséis millones de ovejas.  El peso de los pedos humanos palidece ante la enormidad de la flatulencia  animal. Había que hacer algo y se han puesto a ello.  Se trata de salvar el planeta.

Pero, como ya nos tienen  acostumbrados los amos del discurso, y del dinero, hay salvaciones y salvaciones. Cierto es que los pedos  no se ven, pero son factibles de ser olidos, sin gran necesidad de PCR, ni asistencia de la Organización Mundial de la Salud.  Los barcos metaneros, inmensos pedos flotantes, que desde los EEUU de Norteamérica van a cubrir nuestras necesidades de energía, en cambio, no los oleremos, pero verlos, sí que podremos verlos. A kilómetros de distancia. También pagarlos a precio de oro. Pero no todos quieren, ni querrán verlos. No los verá Greta Thunberg, ni  los nuevos y sorprendentes ecologistas con casco y lanzamisiles al hombro que nos piden que cambiemos el metano ruso por el metano yanqui.  Aquí el planeta tendrá que aguantarse un poco.

La llamada “huella de carbono”, que mide los gramos de anhídrido carbónico (CO2) emitidos por cada actividad, y que es un reflejo de nuestra contribución al llamado efecto invernadero, que sí se quiere medir en vacas y ovejas de nuestras antípodas, no se tendrá en cuenta en nuestras futuras abrumadoras importaciones de gas licuado estadounidense. Mejor no hacerlo, porque el balance ecológico es aterrador.

Tomando como referencia el gas  natural transportado a las costas francesas, bien por gaseoducto o con barcos metaneros de los EEUU,  pasamos de una “huella de carbono” de 23 grs/Kwh a otra de 85 grs/Kwh (2). Casi cuatro veces superior. De estos 85 gramos, 58 se deberían al transporte marítimo desde los EEUU y 27 grs a  las emisiones de CO2 derivadas del Fracking en los EEUU.   Una práctica, la del fracking, o ruptura de capas del subsuelo para liberar el gas retenido, que está prohibida en la mayor parte de Europa por sus graves efectos ambientales. 

Esta doble vara de medir a la hora de tomar medidas para salvar el planeta resulta más que chocante y desvela cuáles son las verdaderas prioridades de nuestros gobiernos y quienes realmente toman las decisiones. Si hasta hace nada la prioridad era reducir nuestra huella de carbono, ahora la prioridad pasa a ser debilitar a Rusia hasta ponerla de rodillas. El planeta tiene que ponerse a la cola. En los próximos meses seguramente veremos a otras prioridades saltarse el orden de   cola y quitarle la vez al pobre planeta. Sus males climáticos pueden esperar. Hay otras prioridades que respetar.  Quien manda, manda.

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