18 febrero 2022
Entre mis recuerdos de la infancia hay un pequeño cofre de madera. En su interior unos terrones de tierra amarilla, tierra de los alrededores del lago Ilmen, en el norte de Rusia. Tierra que sigue acogiendo hoy a mi tío, muerto en el frente de Leningrado en 1942, voluntario en la División Azul que luchó junto al ejército alemán y cientos de miles de voluntarios europeos, contra la Rusia soviética.
Mi apellido alemán se debe a un padre destinado a la embajada alemana en Madrid, en julio de 1944, y después de haber sido herido en el frente ruso, esta vez en el sur, cerca de Stalingrado. Rusia ha estado presente en los relatos de familia que me acompañaron durante mi juventud. A mi padre siempre le escuché hablar con respeto y admiración hacia el pueblo ruso, sus enemigos en la guerra. Alemania creyó verse en la necesidad de adelantarse a una eventual agresión por parte de Stalin, desencadenando la guerra contra la Unión Soviética que acabaría en la derrota alemana. Hoy le llamaríamos guerra preventiva y forma parte del arsenal de argumentos que los Estados Unidos de Norteamérica, nuestros aliados, utilizan una y otra vez para bendecir con su tapiz de bombas a todo aquel gobierno, régimen siempre en la neolengua de la propaganda permanente, que no muestre la debida sumisión a los intereses de la potencia moralmente intachable por definición.
Este año se cumplirán ochenta años de aquella manifestación por las calles de Madrid, en las que Serrano Suñer, Ministro de Exteriores del gobierno de Franco, exclamara que Rusia era culpable. Parece que fuera ayer; el gobierno socialista-podemita es capaz hasta de hacer posible esa cabriola histórica. Nada se le resiste a Sánchez. La URSS dejó de existir hace unos treinta años y con ella la denominada guerra fría también llegó a su fin. Pero por poco tiempo. La OTAN, nacida para hacer frente al bloque soviético, no sólo no se disolvió, como habría sido de esperar, sino que en amenazadora metástasis se desparramó hasta la misma frontera rusa. No, no fue Rusia la que se movió hacia las fronteras de los países que constituían la Alianza Atlántica cuando la URSS dejó de existir. Rusia sigue estando donde estaba. Nadie lo diría.
En España, como en el resto de Europa, y por supuesto en los EEUU, Rusia vuelve a ser culpable. Las noticias, sin distinción de canales, emisoras, diarios, por unanimidad alimentan la sombra de la agresión rusa que se cerniría sobre esta Europa amante de la paz y las libertades. Y la cabriola histórica española se repite pero más peligrosamente en la misma frontera rusa. Hasta algún que otro buque de guerra y carros de combate hemos enviado a las fronteras de Rusia. No, no me lo invento.
Ucrania es el país que estaría amenazado por Rusia. Rusia sería la ocupante del territorio ucraniano de la península de Crimea, tierra rusa que Kruschev regaló en 1954 a la República Socialista Soviética de Ucrania, en pago al favor que las autoridades soviéticas ucranianas le hicieran para que llegara a ser Secretario General de la URSS. Tierra habitada por rusos y de interés estratégico irrenunciable para Rusia. Su salida al mediterráneo, a través del Mar Negro, y con sus puertos nunca bloqueados por el hielo. Hasta la desaparición de la URSS un mar prácticamente soviético, con la excepción de la orilla meridional turca. Un referéndum en marzo de 2014 en Crimea es la base legal para que Crimea volviera a ser parte integral de Rusia. Así lo decidió su población. Los países de la OTAN, y nosotros entre ellos, no reconocemos ese referéndum, pero sí lo hacen esos mismos países, y con la excepción de España, en el caso de Kosovo, que formaba parte de Yugoeslavia y decidió separarse de la misma. Hoy Kosovo alberga una de las mayores bases militares de los EEUU fuera de territorio norteamericano. La península de Crimea albergaba, antes de 2014, y sigue haciéndolo hoy, una base naval rusa. La primera es bienvenida, la segunda no. Nuestra moral sabe hilar muy fino cuando se trata de agradar a Mr. Marshall.
Nunca se habría llegado a la reintegración de Crimea en Rusia de no ser por el golpe de estado, que amparado, financiado y teledirigido por EEUU y los países de la OTAN se dio en Ucrania en febrero de 2014. Un mes después vendría el referéndum en Crimea. Al golpe de estado, en la prensa como Dios manda, se le conoce como la revolución del Maidan. Aquella en la que Victoria Nuland, actual número tres del ministerio de exteriores del gobierno Biden, y entonces responsable para Rusia del gobierno Obama, se quejó del papel timorato de la Unión Europea con aquella exclamación de altura: “¡Que se joda la UE!”. Los cálculos de los EEUU se cumplieron, el gobierno elegido prorruso, fue derribado e instalado un gobierno títere deseoso de integrarse en la OTAN y en la misma Unión Europea. Dos por el precio de uno. ¿Cómo habrían reaccionado los EEUU de verse en una situación similar en su misma frontera? Mejor dejarlo en suspenso porque los EEUU no reconocen frontera. Sus valores pretenden ser universales, deben ser aceptados por todos y creen poder imponérselos a todos.
En el este de Ucrania se vive una guerra larvada desde hace ocho años. Dos regiones fronterizas con Rusia y habitadas por una población que se siente también rusa luchan desde el inicio del conflicto con el gobierno central que se instaló tras el golpe de estado, por alcanzar su autonomía. No menos de cuatrocientos mil habitantes de estas dos regiones poseen la nacionalidad rusa. El gobierno ucraniano se comprometió a darles la autonomía en los denominados acuerdos de Minsk, avalados por Alemania, Francia y Rusia. Lo ha incumplido. Desde hace semanas en la línea que separa estas dos regiones del resto de Ucrania, se acumulan las tropas ucranianas. En la frontera con Rusia, lo hacen las rusas. De lo primero nada se nos dice, de lo segundo sí.
Hace unos meses el parlamento ucraniano aprobó una resolución que autoriza y conmina al ejército del país a recuperar Crimea. De hecho una declaración de guerra a Rusia. Biden viene ofreciendo, semana tras semana, una garantía de apoyo militar a Ucrania para preservar su integridad territorial. También nos anuncia obstinadamente las fechas en que Rusia invadirá Ucrania. Que no lo hace: los EEUU lo evitaron, que lo hace: vaticinio cumplido. Los EEUU nunca se equivocan. El círculo se cierra y volvemos al inicio de este artículo.
En 1939, Inglaterra primero y luego Francia dieron igualmente a Polonia una garantía de apoyo militar para preservar su integridad territorial en caso de ser agredidos por Alemania. La garantía puso fin a toda posibilidad de negociación entre las dos partes implicadas. El uno de septiembre de 1939 se iniciaría la segunda guerra mundial. La ayuda a Polonia brilló por su inexistencia. La guerra siguió su curso.
En el este de Ucrania entre las fuerzas militares del gobierno ucraniano hay batallones que enarbolan símbolos de la Alemania nacionalsocialista. Les mueve el odio a Rusia. Les apoya la OTAN. Les manda un presidente del gobierno ucraniano, un cómico que hace política, como tantos otros, llamado Zelensky. Israel figura entre los estados que presta asesoramiento militar al gobierno ucraniano. Más que extraña la presencia de nostalgias nacionalsocialistas ante este escenario. No forma parte todo esto de lo que los medios serios de desinformación les cuentan. Pero es real. La tensión es máxima y la chispa puede saltar en cualquier momento.
Alemania no luchó por una Europa colonia de los Estados Unidos en la década de los años cuarenta del pasado siglo. Su derrota trajo la colonización de Europa y la perdida de la soberanía de sus Estados, a ambos lados de la línea divisoria entre los dos bloques . Hoy, en 2022, una Europa soberana fundada sobre Estados nacionales fuertes e independientes pasa por liberarnos del abrazo asfixiante de los Estados Unidos y por dar la mano al vecino ruso que en ningún momento nos ha amenazado ni ha llenado nuestros países con innumerables bases militares. Que no nos exige destinar un 2% de nuestro Producto Interior Bruto a armamento, ni nos fuerza a aportar tropas a todos los territorios que los norteamericanos arrasan con sus guerras interminables.
Nada le importaba a Inglaterra en 1939 la suerte de Polonia. Nada le importa a los EEUU en 2022 la suerte de Ucrania. Tampoco la nuestra. Para los EEUU, los ucranianos son pura carne de cañón prescindible pero a un precio demasiado alto para todos los europeos.
EEUU queda muy lejos de Ucrania, pero Ucrania está mucho más cerca de nosotros de lo que creemos. Rusia será siempre acusada de ser la agresora por nuestra propaganda occidental de llegarse al enfrentamiento abierto. La ruptura del resto de Europa con Rusia sería la consecuencia buscada y deseada por los Estados Unidos. Alemania se vería obligada a impedir la entrada en servicio del gaseoducto Nord-Stream 2 que garantiza el suministro energético de Centroeuropa con gas ruso. A cambio deberíamos comprar el gas procedente de los EEUU, obtenido por la técnica del Fracking, denostado en Europa por sus consecuencias ambientales pero con efectos balsámicos cuando viniera en barcos gasísticos estadounidenses. La doble moral nunca nos abandona. Por supuesto se entraría en una nueva guerra fría que garantizaría el despegue, todavía más, del gasto militar y Wall Street podría seguir gozando de esa exuberancia de los mercados que tanto motiva a los fondos de inversión. Un futuro radiante para una población que viene demostrando un grado de sumisión y ausencia de capacidad de pensamiento crítico insuperable.
En su día la OTAN fue definida como la organización que debía mantener a los norteamericanos dentro, a los alemanes debajo y a los rusos fuera. Hora es que los alemanes salgan de debajo de su losa, los europeos nos reencontremos con los rusos, que también es Europa, y digamos bye bye a los norteamericanos. Todo está en juego. No busquemos a los culpables en Rusia. Están mucho más cerca.